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lunes, 2 de noviembre de 2009

Sobre el Día de Muertos / On the Day of the Dead



El Día de Muertos no tiene nada en común con Halloween. No faltará quien argumente que ambas festividades tienen mucho en común porque ambas están relacionadas con cosas tenebrosas. Sin embargo, si se entiende el verdadero significado del Día de Muertos, se descubre inmediatamente que no es una fiesta de lo macabro y lo terrible sino una fiesta de gran alegría y esperanza. Esto se volvió aún más cierto cuando la fiesta se cristianizó por la acción de los frailes misioneros.

Muchos creen que el Día de Muertos no tiene relación alguna con el cristianismo o que, en todo caso, se trata de una muestra más de la “superficialidad” con que el cristianismo se arraigó en México ya que no fue capaz de erradicar la antigua práctica pagana. Sin embargo, lo contrario es lo verdadero. El Día de Muertos es una muestra más de que el cristianismo arraigó profundamente en el alma del mexicano ya que la fiesta persistió precisamente porque se le pudo cristianizar (de lo contrario, los misioneros la habrían erradicado como hicieron con tantas otras costumbres prehispánicas). Esto se descubre fácilmente al analizar algunas de las prácticas que caracterizan a esta fiesta.

En primer lugar, el hecho de celebrar a la muerte es algo propio del cristianismo. La Iglesia Católica ya celebraba el primero de noviembre a Todos los Santos (todos los que han muerto y que ahora gozan de la visión beatífica) y el dos de noviembre a todos los fieles difuntos (aquellos que han fallecido y que están en el purgatorio). Los misioneros cambiaron la fecha de la celebración prehispánica para que coincidiera con la fiesta cristiana. Por tanto, celebrar a los difuntos no se trataba de una costumbre desconocida entre los pueblos cristianos.

Más aún, para el cristiano, es necesario morir para poder alcanzar la unión perfecta con Dios. De esa forma, son muchos los santos que esperaban la muerte con impaciencia, no en un sentido patológico, sino para poder, al fin, contemplar a Dios cara a cara (fin último de los seres humanos, según enseña Santo Tomás de Aquino). En un poema acerca de la ansiedad que le causaba no poder unirse perfectamente a su Creador aún, escribía San Juan de la Cruz:

Vivo sin vivir en mí
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.



Un segundo aspecto del Día de Muertos que revela su raíz cristiana es la visita a los panteones para rezar por los difuntos. Aunque muchas religiones creen en la vida después de la muerte, son pocas las que tienen una enseñanza definida acerca de lo que sucede con el alma del difunto. Rezar por ellos no tiene mucho sentido porque no se sabe a ciencia cierta qué ha sido de ellos. En el cristianismo, en cambio, se reza por aquellos que están en el purgatorio para que pronto puedan disfrutar de Dios y se reza a los que ya están en la gloria eterna para que intercedan por nosotros. Es común que el ambiente en los panteones durante este día sea festivo, sin perder por ello la solemnidad, porque se espera que aquellos que se han adelantado ya estén disfrutando de Dios, lo cual debería de causarle alegría a los que quedamos atrás.

Por otro lado, las imágenes que se utilizan en este día están también cargadas de simbolismo cristiano. La representación de escenas de la vida cotidiana donde se muestran calaveras en lugar de personas nos recuerdan constantemente nuestra propia mortalidad y la fragilidad de nuestra existencia. Su objetivo no es asustarnos sino hacernos reflexionar sobre cómo estamos llevando nuestra vida que irremediablemente llegará a su fin y con base en la cual seremos juzgados. Tienen pues, el mismo objetivo que tenían los cráneos que conservaban en sus celdas los monjes medievales.



El pan de muerto y las calaveras de azúcar nos hablan de la dulzura que debe representar la muerte para nosotros. No porque sea el fin de una existencia miserable sino porque será el momento en que realmente empezaremos a vivir. Las calaveras con nuestro nombre nos enseñan que la muerte ya no es una experiencia amarga, sino una experiencia dulce porque Aquél que no tenía por qué morir murió y con ello venció a la muerte.

Por último, las calaveras (los poemas satíricos) nos buscan enseñar una virtud netamente cristiana: la humildad. Están para recordarles a los miembros más poderosos e importantes de la sociedad (y de paso a todos los demás) que ni la riqueza, ni el poder, ni la fama, son capaces de impedir la muerte y que a la tumba no se podrán llevar nada de lo que aquí poseen. Nos enseñan que a la hora de la muerte, todos los seres humanos somos iguales.

Para el hombre actual, la muerte representa un misterio terrible. No sabe cómo explicarse su significado. Ni los más grandes avances científicos bastan para impedirla ni para decir qué ocurre después. Por ello le aterroriza: porque es impotente ante ella. Es la prueba más fehaciente de que no es el dios que se cree y eso no le agrada. Por eso evita pensar en ella. Le es más fácil rodearse de monstruos, vampiros y creaturas tenebrosas que sabe que no existen que rodearse de la muerte que sabe que ya lo está esperando.

El Día de Muertos nos enseña que debemos aguardar a la muerte con esperanza porque con ella recibiremos la verdadera vida. Cuando entendamos eso podremos decir junto con San Juan de la Cruz:

¡Oh mi Dios! ¿cuándo será
cuando yo diga de vero:
vivo ya porque no muero?



The Day of the Dead has nothing in common with Halloween. Some people might say that both are related because they both deal with sinister and gloomy things. However, when the true meaning of the Day of the Dead is correctly understood, it is immediately discovered that it is not a feast of the macabre but one of great joy and hope. This became even more true when the feast was Christianized by the missionaries in the sixteenth century.

Many people think that the Day of the Dead has nothing to do with Christianity or that; in any case, it just proves how superficially Christianity settled in Mexico since it was incapable of eradicating this ancient pagan practice. However, the opposite is true. The Day of the Dead is yet another proof of how deeply Catholicism is rooted in the soul of the Mexican people. The feast persisted precisely because it was Christianized, otherwise, the missionaries would have eliminated it as they did with so many other pagan customs. This can be easily seen by analyzing some of the practices related to this celebration.


In the first place, celebrating death is something proper of Christianity. The Catholic Church already celebrated All Saint’s Day on November first and All Souls’ Day on November second before the Spaniards conquered Mexico. Both of these feasts celebrate those who have died, whether they are already in Heaven of whether they are still being purified in order to enter into Heaven. The missionaries simply changed the date of the native feast to make it coincide with the Christian one. Therefore, celebrating those who had already died was not an unknown custom to Christian people.

Even more, for a Christian, death is necessary in order to reach perfect union with God. In that manner, many saints lived waiting impatiently for death, not in a pathological way, but rather because they desired to be able to contemplate God face to face. In a poem about the anxiety that not being able to be united perfectly with his Creator caused him, Saint John of the Cross wrote:

I live without living in myself,
and my hopes are so high
that I'm dying because I do not die.

A second aspect of the Day of the Dead that reveals its Christian roots is the vigils held at graveyards where people pray for their dead. Though many religions believe in life after death, few of them have a defined teaching about what happens with the soul of the dead person. Praying for them makes no sense if you don’t know what has truly happened to them. In Christianity, we pray for those who are in Purgatory so they may be soon be admitted into God’s presence and we pray to those who are in Heaven so they may intercede for us. It’s also common to find a festive atmosphere in graveyards on this day, though the solemnity is not lost. This is so because we hope that those who have gone before us are already enjoying of eternal glory. That is a good enough reason to make those of us who are still around happy.



The imagery that is used on this day is also loaded with Christian symbolism. The representations of every day scenes where people are pictured as skeletons remind us constantly of our own mortality and the fragility of our own existence. Their objective is not to scare but to make us reflect on our lives, which will inevitably end and based on which we will be judged. They have the same objective that the skulls that medieval monks kept in their cells had.

The “Pan de Muerto” [sugar covered bread that is baked to resemble a pile of bones] and the sugar skulls talk about the sweetness that death should mean to us. Not because of it being the end of a miserable existence but because it’ll be the moment in which we will truly begin to live. The skulls with our name on them are there to remind us that death is no longer a bitter experience but rather a sweet one since He who had no reason to die died and with his resurrection defeated death.



And lastly the “Calaveras” [short satirical poems that humorously criticize the living, specially politicians and other renowned members of society] seek to teach us a purely Christian virtue: humility. They exist to remind the most powerful and important members of society (and the rest of us too) that neither riches, nor power, nor fame are capable of stopping death and that they will not be able to take any of their earthly belongings with them to the tomb. They teach us that death makes all human beings equal.

Death represents a terrible mystery for modern man. He knows not how to explain its meaning. Not even the greatest scientific achievements are enough to stop it or to tell him what will happen afterwards. That’s what terrifies him: he is impotent before it. It is the best proof that he is not the god he thinks he is and he doesn’t like that. That’s why he avoids thinking about it. It’s easier for him to surround himself with monsters, vampires and other frightful creatures which he knows don’t truly exist. Meanwhile, Death is there waiting for him.

The Day of the Dead teaches us to await death with hope because through it we shall receive true life. When we understand that, we can join Saint John of the Cross in saying:

Oh my God,
when will it be that I can really say:
I'm living now because I do not die?



domingo, 6 de septiembre de 2009

Las diferencias entre las derechas cristianas

Siempre he pensado que intentar clasificar las distintas tendencias políticas en “izquierdas y derechas” o en “conservadores y liberales” es una simplificación exagerada de la realidad. Esta clasificación generalmente está basada en cosas tan superficiales como “libre mercado contra intervención estatal”, por lo que llega a juntar en una misma categoría a formas de pensamiento político completamente dispares.

Esto se hace evidente no solo en aquellos casos en que los liberales resultan más conservadores que los conservadores o cuando la izquierda se adueña de las ideas de la derecha (sobra decir que cambiándolas al punto de echarlas a perder…) sino en un caso muy particular y en el que pocos de los expertos políticos han reparado: el de las “derechas” cristianas.

El agrupar a todas las formas de política cristiana en una misma categoría parece algo evidente, pero ello implicaría un muy grave error. Tan grave como equiparar el pensamiento de Lutero con el del Papa. Existen diferencias abismales entre el pensamiento político católico y el pensamiento político protestante. Está de más decir que el rompimiento del Protestantismo con el Catolicismo no fue un rompimiento meramente externo: fue un cambio profundo (y yo añadiría: un retroceso) incluso en la forma de entender al ser humano. Como ya he afirmado en otras ocasiones: un cambio en la concepción antropológica lleva a cambios en todo lo demás, especialmente en las cuestiones políticas y sociales.

Por ello, la posición política de los católicos en Estados Unidos nunca ha sido bien entendida por el resto de la población. Les parece contradictorio que sean “liberales” en lo económico pero “conservadores” en lo social. Hasta hace unos años, el electorado católico se inclinaba definitivamente por el partido demócrata. Hoy, a causa de la postura de ese partido en temas como el aborto, la eutanasia y el matrimonio entre homosexuales, ese mismo electorado se ha dividido. Aún así, el voto católico no encaja realmente en los ideales de ninguno de los dos partidos. Ni siquiera con el partido republicano, el cual tiene el monopolio sobre el “voto cristiano”. La pregunta es: ¿por qué?

La clave está, como mencioné más arriba, en las diferencias del concepto de ser humano que tienen el Catolicismo y el Protestantismo.

El Protestantismo es, por su misma naturaleza, individualista. Los dos pilares sobre los que Lutero fundó su movimiento así lo demuestran. El Sola Fides (creencia de que sólo basta creer en Jesucristo para ser salvado, sin necesidad de buenas obras) y Sola Scriptura (creencia de que la Biblia es la única fuente de revelación y que, por lo tanto, su interpretación es accesible a cualquiera) prácticamente permiten que un individuo se salve sin la necesidad de los demás.

En el Catolicismo, en cambio, no se puede entender a la persona sin la comunidad. Ideas como la Comunidad de los Santos, la salvación a través del amor al prójimo y la idea misma de “Iglesia” (proveniente de la palabra griega ekklesía, es decir, asamblea) como unión de todos los fieles en el Cuerpo místico de Cristo, apuntan a la necesidad del otro para poder alcanzar la salvación. Para el católico, nadie se puede salvar solo.

Con estas diferencias en mente, es fácil entender la divergencia de las posturas políticas. El protestante cree sobre todo en el mérito individual y, en sus ramas calvinistas, en que los pobres son pobres por maldición de Dios. El protestantismo exalta la iniciativa individual y encontró en el capitalismo su máxima expresión económica. El individuo es el centro de su política, el gobierno y la sociedad deben supeditarse a él. Se trata, pues, de una estructura jerárquica rígida en las relaciones entre niveles deben quedar reducidas a un mínimo.

El catolicismo encuentra su expresión económica en la responsabilidad social, la economía social de mercado y en la protección de los desamparados. Entiende al ser humano como un ser social. El individuo está inmerso en la sociedad y, por tanto, todo lo que hace (incluso en el ámbito privado) tiene una repercusión social. La estructura social no es jerárquica sino orgánica, donde las relaciones entre niveles deben estar reguladas por el principio de la subsidiariedad (esto da suficiente material para otra ocasión).

Aunque en muchos temas ambas posturas convergen, en el fondo son muy distintas. Tan distintas como las diferencias entre las religiones.


The differences among the Christian Right

I’ve always thought that trying to classify different political tendencies into “left and right” or “conservatives and liberals” is an oversimplification of reality. This classification is usually based on things as irrelevant as “free market versus state intervention” or other similar trivialities. As a consequence, most of the time, radically distinct political views are grouped into one same category.

This becomes evident not only in those cases in which liberals turn out to be more conservative than conservatives or when the left steals ideas from the right (completely messing them up), but especially in one case which political pundits rarely (if ever) talk about: that of the Christian right.

Grouping all forms of Christian politics seems something evident, but it implies quite a big mistake. A mistake as big as equaling the ideas of Luther to those of the Pope. There are abysmal differences between Catholic political thought and Protestant political thought. The fracture between Catholicism and Protestantism was more than a merely external rupture: it contained a deep break that changed the very way in which people understood man. As I’ve said in other occasions, a change in anthropological understanding brings with it a change in everything else, including social and political issues.

For that very reason, the political stance of Catholics in the U.S. is so often misunderstood. To many people it might seem contradictory to be economically “liberal” and socially “conservative”. Until some years ago, most of the Catholic vote would go to the Democrat party. Today, because of the Democrat position on issues such as abortion and gay rights, that electorate has become divided. Nonetheless, the Catholic vote doesn’t really “fit” in any of both parties’ ideals. Not even with the Republican Party which holds the monopoly on the “Christian vote”. Why is that so?

The answer to this question lies in what I said before: the differences in the understanding of what man is.

Protestantism is, by its very nature, individualistic. The two pillars on which Luther started his movement are a proof of this. Sola Fides and Sola Scriptura practically allow a person to be saved with no need of anybody else.

Catholicism, on the other hand, cannot understand the person without the community. Ideas such as the Communion of Saints, salvation through love of others and the very idea of “Church” as the community of faithful united in Christ’s Body, point to the need of others to be saved. For a catholic, nobody can be saved just by himself.

With these differences in mind, it’s easy to understand the divergence in political positions. A protestant believes, above all, in individual merit and, in its Calvinist branches, in the poor being poor because a sort of curse from God. Protestantism exalts individual initiative and found in Capitalism its maximum economical expression. That way, the individual becomes the center of all politics. Government and society are not more than necessary evils which must submit to the individual. That way, the social structure becomes a rigid hierarchy where contact between different levels must be reduced to a minimum.

Catholicism finds its economical expression in social responsibility, such as the social market economy and in helping the weakest members of society. It understands the human being as a social being. The individual is immersed in society and, therefore, anything he does (even in privacy) has a social repercussion. The social structure is not hierarchic but organic and relationships between levels must be regulated by the principle of subsidiarity (more on that on some other post).

Though both positions meet on certain issues, they are profoundly different. As different as the differences between religions.

viernes, 29 de mayo de 2009

La Verdad sobre Miguel Ángel

Aunque no soy conocedor del arte, desde siempre he sido un gran admirador de Miguel Ángel Buonarroti. Para mí, sus obras, tanto pictóricas, como escultóricas, representan lo más grandioso del arte universal. Haber visto algunas de esas obras en vivo fue una experiencia como pocas. Por ello encuentro muy molesto que en nuestros días, haya ciertos “estudiosos” que quieren ver en sus obras y en su vida cosas que no vienen ni al caso. Pretenden tomarlo como bandera de movimientos contemporáneos, tal como sucede con el movimiento homosexual que quiere adueñarse de este extraordinario artista.

Por esa razón, encontré el siguiente artículo de lo más interesante. Lo escribió Elizabeth Lev, profesora de arte cristiano de la Universidad de Duquesne, en su campus italiano. La traducción es mía, por lo que pido disculpas por cualquier error y por ello les dejo la liga para que puedan consultar el artículo original: http://www.zenit.org/article-26017?l=english

Claramente católico

Quizá hayas escuchado hablar de la llamada Prueba del Pato, ideada por el poeta J. Whitcomb Riley. Va así: si parece un pato, nada como un pato y grazna como un pato, entonces, muy probablemente sea un pato. Este sentido común, sin embargo, parece haberse perdido entre muchos de los modernos intérpretes de Miguel Ángel. De acuerdo con la más reciente “erudición”, las palabras, las obras y la piedad católicas de Miguel Ángel eran, en realidad, un camuflaje para una agenda protestante, cabalística y/o homosexual.

Claro que ninguna de estas teorías conspiratorias se sustenta en documentación verificable sombre las prácticas personales o devocionales de Miguel Ángel, sino que son extraídas de imaginaciones hiperactivas. Muchos de estos libros y artículos simplemente observan una pintura, escogen una teoría y hacen que los hechos encajen, descartando los demás. Esto se ha vuelto equivalente a un curso en historia del arte, pero, lo que realmente me molestó fue, de entre todas las cosas, el abstract de una disertación académica que defendía estas viejas teorías tipo Dan Brown.

El objeto de este tratado “académico” es “El Juicio Final” de Miguel Ángel, pintado en el altar de la Capilla Sixtina de 1534 a 1541 y discernida por el autor del artículo como una obra secretamente protestante. Para respaldar esta noción, el investigador toma elementos de diversos estudios gnósticos y de estudios de género, pero veamos tres elementos que indican que este fresco es precisamente lo que aparenta ser: una pintura católica extraordinaria.

1. El artista y su espacio

Aquellos que intentan ver a Miguel Ángel como adherente de alguna religión disidente subterránea, olvidan sus prácticas espirituales. Mientras que Miguel Ángel sólo puede ser tenuemente vinculado a cualquier tipo de secta protestante, es sabido que perteneció a la Tercera Orden Franciscana.

Durante los años en que pintaba el Juicio Final participó en la visita de las Siete Iglesias con el fin de obtener una indulgencia. La mejor evidencia de la devoción de Miguel Ángel hacia la Iglesia Católica fue su aceptación de completar la Basílica de San Pedro para, en sus propias palabras, “la gloria de Dios, el honor de San Pedro y la salvación de su propia alma”.

La Capilla Sixtina era el espacio en el que el Papa Pablo III, ocupado con la organización del Concilio de Trento, oraba con su corte, formada por los más brillantes teólogos de Europa. Estos teólogos y filósofos formaban la primera línea de respuesta a Lutero y, además, eran conocedores del arte. Pintar una obra subversiva en la capilla hubiera sido como pedir una cita con la Inquisición.

2. María, los Santos y la intercesión

La pintura de Miguel Ángel contiene 391 figuras, de las cuales, alrededor de la tercera parte están actuando como intercesores. Las enormes figuras de los santos, particularmente los mártires, rodean a Cristo en el cielo. El énfasis de Miguel Ángel en identificar a los mártires nos recuerda que la Iglesia Romana considera a éstos como parte de su tradición. En este periodo, los antiguos sitios de muerte y de entierro de los mártires fueron restaurados y decorados.

Miguel Ángel también pintó a hombres y mujeres no identificados que ayudan a los recién resucitados en su ascenso a los cielos. La idea de que gente en el cielo asista a otros es una noción esencialmente católica.

Sin embargo, María es la imagen fundamental de la obra. El Jesús de Miguel Ángel parece terriblemente distante, con su mano alzada y la cabeza volteada. En cambio, María, acurrucada al lado de Cristo, voltea hacia abajo, hacia las almas resucitadas. María está pintada junta a la herida del costado de Cristo. Esa herida, de la cual salió sangre y agua, dio origen a la Iglesia. María, como Eva saliendo de la costilla de Adán, representa a la Iglesia nacida del sacrificio de Cristo. A su vez, María (la Iglesia, la esposa de Cristo) es el camino hacia Jesús y su salvación. Como para resaltar la importancia de la devoción mariana, Miguel Ángel pintó, unos metros por debajo de María, a una pareja que es arrastrada hacia el cielo por su rosario.

3. Virtud heroica y cooperación

Miguel Ángel rompió con una antiquísima tradición de pintar a los santos en el cielo con largos vestidos color pastel y con grandes aureolas doradas al representar a sus mártires con enormes cuerpos desnudos. Tomado de la tradición clásica griega, el uso de la desnudez denota a un héroe, uno dotado de gran valentía y nobleza, celebrado por sus grandes hazañas y favorecido por los dioses. Para Miguel Ángel, inmerso en la cultura antigua, ¿qué mejor realización del héroe griego podía haber que el santo cristiano?

Los poderosos cuerpos pintados por Miguel Ángel transmiten la idea de grandes hazañas y sacrificios hechos por Cristo, por ello, estos santos son recompensados con cuerpos gloriosos después de la resurrección. Los hombres y mujeres que cooperan con la Gracia divina y viven vidas de “virtud heroica”, son los que merecen estos cuerpos gloriosos en el más allá. El tamaño, la grandeza y la desnudez de estas figuras sólo pueden representar una participación activa en el sacrificio redentor de Cristo.

Pintado en un espacio católico, por un artista católico, para una audiencia católica, “El Juicio Final” es por mucho, una pintura católica.



Lo que hace que estas interpretaciones espurias sean todavía más molestas es que, mientras Miguel Ángel pintaba su obra, en el norte de Europa estallaban rebeliones protestantes iconoclastas. En 1520, se habían destruido obras de arte en diversas ciudades de Alemania. El fervor iconoclasta no habría encontrado uso alguno para el arte de Miguel Ángel, pero hoy en día, algunos protestantes quieren reclamar a Miguel Ángel como propio.

Más aún, la prohibición de la fabricación de imágenes que representa el Primer Mandamiento evitó el surgimiento del arte figurativo judío durante el Renacimiento. ¿Por qué habría Miguel Ángel de gravitar hacia una religión cabalística que negara su misma razón de ser?

Enfrentémoslo: los católicos, con sus dos mil años de fascinación con el Verbo hecho carne, refinado con su defensa enérgica de las imágenes requerida por la Reforma, han hecho del arte una parte de su tradición espiritual. Pero aún más sorprendente que su atractivo estético, está su universalidad. Cualquiera puede verse reflejado en el arte de la Iglesia Católica. Así que al final del día, o, mejor dicho, al final de los días, estas falsas interpretaciones no son más que agua en la espalda de un pato.

viernes, 30 de enero de 2009

Liberalismo cristiano

Históricamente, liberalismo y cristianismo se han entendido como ideologías contrapuestas. Sin embargo, si tomamos la palabra liberalismo con su significado original de ser una defensa de la libertad, entonces nos encontramos con que el cristianismo católico es la más liberal de todas las doctrinas, religiones o ideologías.

Según enseña la doctrina católica, todo el drama humano gira en torno a la libertad. Desde el libro del Génesis nos enseña que Dios creó el mundo sin ninguna necesidad de hacerlo, es decir, lo creó libremente. Después, creó al hombre a imagen y semejanza suya: libre. Esto no lo afirma explícitamente la Biblia, pero se deduce a partir del castigo que recibe el ser humano al desobedecer a Dios. Sólo una acción libre puede implicar una culpa y, por ende, un castigo.

Con la expulsión del paraíso, nos encontramos nuevamente con una decisión libre de Dios: redimir a la humanidad. Esta decisión divina sólo puede ser correspondida por una decisión libre del hombre como lo es el acto de fe. Así, descubrimos que el acto de fe de Abraham (arquetipo de todo acto de fe, primer paso de la salvación de cada uno) fue un acto enteramente libre.

La historia de la salvación está llena de este tipo de momentos en que Dios libremente se acerca al hombre y éste, libremente lo acepta o lo rechaza. Esto tiene todo el sentido del mundo si entendemos la historia de la salvación como la entiende el catolicismo: como una relación amorosa entre Dios y el ser humano. El amor es, por definición, un acto libre. Un acto en el que libremente se opta por el otro. No se puede forzar a otro a amar. Por ello Dios, según el catolicismo, decide crear al hombre libre, para que éste pueda amarlo.

Ahora bien, existen dos conceptos que por lo general son despreciados porque supuestamente se han utilizado para “oprimir” al hombre. Sin embargo, en la raíz misma de estas ideas está la libertad humana, con todo su significado (y todo su peso). Estos dos conceptos son el de pecado y el de infierno. Procederé a explicar cómo estos dos conceptos no tienen sentido si no implican la libertad humana.

El pecado es, en esencia, preferir un bien inferior por encima de uno superior, preferir un bien perecedero por encima del bien eterno que es Dios. El hecho de que sea una preferencia implica que es un acto libre. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica en su punto 1860: “El pecado más grave es el que se comete por malicia, por elección deliberada del mal”. En pocas palabras: no puede haber pecado si no hay un acto libre del que lo comete.

En contraposición nos encontramos la postura posmoderna que niega la existencia del pecado. Esta postura tiene su raíz (como casi todos los males de nuestra época) en el relativismo. Si todo vale lo mismo, entonces no tiene sentido hablar de elegir algo inferior por encima de algo superior y, por tanto, no tiene sentido hablar de pecado. Pero, a su vez, pierde todo sentido hablar de libertad. Si todo tiene el mismo valor, da lo mismo qué elijamos y, por tanto, no tiene sentido elegir. Entonces, podemos concluir que la enseñanza católica del pecado defiende la libertad, mientras que la enseñanza posmoderna de que no existe, la niega.

El caso del infierno es similar. El infierno está para demostrarnos que Dios ha decidido (libremente, por cierto) respetar la libertad humana hasta sus últimas consecuencias. Ha decidido respetarla tanto que incluso ha aceptado perder a aquél que ha decidido libremente rechazarlo. Esta decisión se toma en el momento más decisivo de la vida de una persona: su muerte. Es en el momento en que la persona pasa de la temporalidad de la materia a la eternidad del espíritu en el que decide si opta por Dios o no, si opta por el Bien superior o por un bien inferior. Todas las decisiones que tomó en su vida influirán (pero no necesariamente definirán) en esta decisión final. Una vida recta seguramente concluirá (con la ayuda de la Gracia divina) en una decisión acertada. Una vida en la que el pecado ha alejado la Gracia probablemente terminará con una decisión errada (aunque, insisto, no necesariamente). En pocas palabras, la muerte representa el momento supremo de la libertad humana. Es el instante en que el hombre toma su última y definitiva decisión (libre por cierto).

Así pues, el infierno representa el respeto tan absoluto que tiene el Dios del catolicismo a la libertad de los hombres. Ahora, se puede argumentar que a Dios le daría lo mismo que un individuo se salvara o se perdiera, dado que eso no afectaría su Gloria. Pero, dado que aquí estoy explicando la postura católica, es necesario entender la perdición de una persona desde el punto de vista del Dios católico. Ese Dios que (libremente) se hizo hombre (es decir, se hizo menos) para sufrir la muerte más ignominiosa imaginable por salvar a los hombres no puede ser un Dios al que no le importe la perdición ni siquiera del más insignificante de los hombres. Con ello se entiende por qué la libertad ocupa un lugar central en la religión católica.

Creo que con esta breve explicación queda muy claro que el catolicismo es una religión que defiende y exalta la libertad (que no el libertinaje). Muchos se preguntarán por qué la religión católica prohíbe tantas cosas si en realidad es tan “liberal”. De eso hablaré en otra ocasión, así como de la importancia de educar en la libertad.