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viernes, 2 de octubre de 2009

Ceguera ideológica

Esto debería llevar a liberarse de las ideologías, que con frecuencia simplifican de manera artificiosa la realidad, y a examinar con objetividad la dimensión humana de los problemas.
Benedicto XVI, Caritas in Veritate

Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Para nuestra desgracia, en estos días en que grandes problemas de todo tipo afectan la calidad de vida de millones de seres humanos, abundan este tipo de ciegos. Son todos aquellos que se han sometido a una ideología y que sólo son capaces de ver a través del lente de esa ideología. Ese lente, en lugar de mejorar su vista, sólo sirve para empeorarla.

Temas como el calentamiento global, la economía o la reforma del sistema de salud de Estados Unidos, son los ejemplos más evidentes de esta “ceguera” ideológica. Las perspectivas ideológicas hacen que la discusión se centre en aspectos completamente irrelevantes y que lo central y trascendente se deje de lado. Así, mientras republicanos y demócratas discuten acerca de si debe haber una opción pública en el sistema de salud o si es el sector privado el que debe encargarse de la salud de todos, millones de estadounidenses siguen sin ningún tipo de cobertura médica. Mientras capitalistas y socialistas discuten si el gobierno debe regular los mercados o si el libre mercado es la respuesta a todos nuestros problemas, millones de seres humanos siguen viviendo en la pobreza extrema. Mientras liberales y conservadores discuten si el calentamiento global lo provocamos los seres humanos o es un fenómeno natural, seguimos destruyendo la naturaleza con nuestra rapacidad consumista. Mientras los poderosos discuten tanta insensatez, los que somos víctimas de esos problemas seguimos esperando una solución.

Las ideologías nos proponen como valores absolutos valores que no tienen nada de absolutos, aún a costa de relativizar aquellos que sí son absolutos. Justamente es ese desorden en la escala de valores lo que ha provocado que las ideologías sean tan dañinas. El valor absoluto principal que debe regir la vida social es el de la dignidad de la persona humana. Después deben seguir aquellos valores que llevan a que ese respeto sea una realidad. Todo lo demás (sistemas políticos, sistemas económicos, costumbres sociales) debe girar en torno a la dignidad humana y, si en un dado momento va contra ella, debe ser cambiado.

Las distintas ideologías buscan simplemente impulsar su propia agenda y beneficiar a unos cuantos privilegiados, no buscan solucionar los problemas de la sociedad. No podemos seguir buscando la solución en visiones ideológicas simplistas. Necesitamos una visión integral, una “nueva síntesis humanista” (en palabras de Benedicto XVI) que busque una solución realista a los problemas que nos aquejan como sociedad. Las ideologías nos tienen encerrados y nos impiden pensar “más allá de la caja”, que es justo lo que necesitamos.



Ideological blindness

This fact should prompt us to liberate ourselves from ideologies, which often oversimplify reality in artificial ways, and it should lead us to examine objectively the full human dimension of the problems.
Benedict XVI, Caritas in Veritate

It is said that the worst kind of blind man is the one that does not want to see. For our misfortune, in these days where great problems affect the lives of so many human beings, this type of blind people seem to abound. I’m talking about all those who have submitted themselves to an ideology and who are only capable of seeing through their own ideological lens. This lens, instead of improving their eyesight only makes it worse.

Issues such as global warming, the economy or the reformation of the health system in the United States are the most evident examples of this “ideological blindness”. The ideological perspectives make the discussions center on totally irrelevant aspects and leave the important matters aside. That way, while republicans and democrats argue about whether there should be a public option or not in the healthcare system, millions of Americans go on without any sort of medical attention. While capitalists and socialists discuss over whether the government should regulate the markets or leave the markets solve our problems by themselves, millions continue to live in the most extreme poverty. While conservatives and liberals fight about whether global warming is man-made or just a natural phenomenon, we continue to destroy nature with our rapacious consumerism. While the important and the powerful debate about such nonsense, those of us who are victims of these problems continue waiting for a solution.

The thing is that ideologies propose as absolute values things which are not absolute at all, even at the expense of relativizing those values that are truly absolute. It’s precisely this disorder in their value scale what has made them so hurtful for society. The primary absolute value that should rule social life is the dignity of human beings. It should be followed by those values that help make the respect for this dignity a reality. Everything else (economical systems, political systems, customs, etc.) must exist in order to serve and protect human dignity. If in a given moment they fail to do that, they should be changed.

The only goal of ideologies is to push their own agenda and to benefit a few privileged individuals. They don’t seek to solve societies’ problems. We can’t afford to look for solutions in such simplistic ideological views. We need an integral vision, a (in the words of Benedict XVI) “new humanist synthesis” that will look for realist solutions to our problems as a society. Ideologies have locked us in and avoided us from thinking “outside the box” which is exactly what we need.

jueves, 21 de mayo de 2009

Humanismo: un estilo de vida

En su blog, El Muro de los Siglos, mi buen amigo Mario Fernández toca un punto fundamental, pero que pocas veces recordamos, acerca del humanismo: que éste es un estilo de vida. No es sólo una ideología que esgrimamos para poder acceder al poder (aunque muchos lo hagan) ya que trasciende la política. No se trata únicamente de una serie de principios que buscamos llevar a la vida pública, sino que son una serie de principios que deben regir nuestras vidas en todos sus facetas.

En el centro mismo del Humanismo Trascendente está el respeto irrestricto a la dignidad de la Persona Humana (de ahí el nombre de humanismo). Esto implica que todo ser humano, sin importar su condición social, económica, su sexo o su religión, debe ser, siguiendo la máxima kantiana, un fin en sí mismo y nunca un medio. Como consecuencia lógica, se sigue que un humanista no debe pisotear la dignidad de otro ser humano en ninguna actividad de su vida, tanto pública como privada. Muchas veces creemos que para respetar la dignidad humana basta con no hacer el mal a los demás, o no hacer algo que los lastime o no hacer nada que ellos no permitan. Sin embargo, la dignidad humana exige mucho más que eso. Exige que busquemos el bien del otro. No basta con una actitud pasiva de no hacer el mal, sino que demanda una actitud activa de hacer el bien.

En esa confusión está, a mi parecer, la causa de que tantos “humanistas” caigan en acciones opuestas al humanismo. Un caso muy común con el que me he topado es el de la asistencia de personas identificadas con el humanismo a los famosos table dance. Este es un ejemplo perfecto para describir la diferencia entre el humanismo light de “no hacer el mal” y el humanismo auténtico de buscar el bien del otro.

Si partimos del supuesto de que para respetar la dignidad humana basta con no hacer daño o no hacer nada que no quiera la otra persona, entonces, efectivamente, acudir a estos lugares no sería, al menos en teoría, contrario al humanismo. Por lo general se argumenta que las mujeres que trabajan ahí lo hacen porque quieren y que, al final del día, no se les puede hacer nada que ellas no quieran. Sin embargo, como aclaré más arriba, esto no es suficiente para respetar la dignidad humana.

En primer lugar, estos lugares denigran al ser humano, particularmente a las mujeres que ahí “trabajan”, porque éstas son usadas como medios para satisfacer una necesidad. Es decir, los hombres que van ahí no ven en las bailarinas un fin en sí mismo, sino un medio para desahogar sus impulsos sexuales. Por tanto, están usando y, en consecuencia, denigrando a estas mujeres, lo cual atenta claramente contra el humanismo.

Además, es sabido que en estos lugares “laboran”, la mayor parte de las veces, mujeres que llegaron ahí a través de redes de trata de personas y que son explotadas por sus patrones para obtener dinero. En pocas palabras, se les usa para obtener tanto placer como dinero, lo cual, repito, va contra los principios humanistas. Esto sin mencionar que muchas veces llegan privadas de su libertad, en condiciones inhumanas y sin la posibilidad de regresar a sus hogares, lo cual no sólo va contra el humanismo sino contra cualquier sentido de humanidad.

Ahora bien, no sólo las mujeres son las denigradas en estos lugares, sino los mismos hombres que asisten a ellos. Los dueños de estos establecimientos están denigrando a sus clientes al fomentar que se dejen llevar por sus más bajos impulsos. Los están usando para ganar dinero.

Este es sólo un ejemplo de cómo el humanismo es mucho más demandante de lo que muchos creen. En términos iguales podemos hablar de la economía, de las relaciones personales, de la política, etc. y demostrar que, en todas ellas, el humanismo exige lo más noble y más elevado de los seres humanos para con sus semejantes.

Es terrible ver cómo el humanismo es malinterpretado por muchos porque entonces se convierte en un sinsentido que, por lo mismo de parecer un absurdo, deja de ser atractivo para tantas personas. Es terrible porque el único camino para que el ser humano se desarrolle plenamente, se convierte entonces en un camino que no lleva a nada y que, por tanto, no vale la pena recorrer.