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lunes, 17 de agosto de 2009

Primero los pobres

Una de las pocas afirmaciones que se ha adueñado la izquierda y con la que puedo estar totalmente de acuerdo es la de “primero los pobres”. Sin embargo, nuestras diferencias aparecen en el momento mismo en que esa afirmación se intenta llevar de la teoría a la práctica. Quizá suene extraño que una persona que, como yo, se identifica con la “derecha”, pueda estar de acuerdo con esa idea. Parece una paradoja, mas no es así. Hay que recordar que la “derecha” tiene dos vertientes: la derecha cristiana (por llamarla de alguna manera), emanada de la Doctrina Social de la Iglesia, y la derecha liberal. La derecha liberal surge como defensora del liberalismo económico y de los intereses de los grandes capitalistas, mientras que la derecha cristiana surge como una propuesta alternativa tanto al capitalismo como al marxismo (o social-democracia, como lo llaman ahora).

Es decir, la propuesta de la derecha cristiana no es capitalista pero tampoco es marxista. Es humanista. La diferencia que existe entre ambos extremos y la propuesta humanista es una diferencia antropológica. Carlos Castillo Peraza la describe a la perfección (la propuesta humanista la denomina solidarismo): “En el núcleo del solidarismo está, pues, un conjunto de afirmaciones sobre el hombre: que es material, que es espiritual, que es personal y que es social. Frente a él, hay sistemas de pensamiento que suprimen alguna o algunas de esas dimensiones humanas. Está el individualismo, que reduce a casi nada la dimensión social del hombre, y está el colectivismo que aniquila la dimensión personal de aquél” (En la alternativa radical: el solidarismo, en El Porvenir Posible, Fondo de Cultura Económica).

¿Qué consecuencias tienen estas concepciones del hombre en la vida económica de nuestra sociedad? Tienen consecuencias muy importantes ya que, siguiendo a Benedicto XVI, podemos afirmar que “la cuestión social se ha convertido radicalmente en una cuestión antropológica” (Caritas in veritate, 75). Las diferencias económicas y sociales han alcanzado tal magnitud que se han vuelto ofensivas a la dignidad misma de los seres humanos. Es justo en ese punto en que la propuesta capitalista y la marxista convergen, mientras que la humanista se aparta de ellas. Tanto el capitalismo como el marxismo no ven en el pobre a un sujeto poseedor de dignidad sino a un estorbo o, en el mejor de los casos, un error inevitable del sistema.

Por ello, las “soluciones” que ofrecen estas propuestas son incapaces de resolver el problema de fondo y, en muchas ocasiones, resultan denigrantes de la dignidad de las personas pobres. Es ofensivo para la dignidad de los pobres que, como pretenden los gobiernos populistas de izquierda, se les trate como menores de edad, incapaces de trabajar por su propia superación sin la ayuda de las dádivas estatales. Es igualmente ofensivo pretender, como afirma el capitalismo, dejar a los pobres las riquezas que se derraman del enriquecimiento de unos pocos, como se da las sobras de la comida a los perros.

La concepción humanista, en cambio, exige que se les brinden las oportunidades a los pobres para que dejen de serlo a través de su propio esfuerzo y trabajo. No sólo con el apoyo del gobierno sino con el de la sociedad entera. Exige una sociedad y un Estado solidarios que trabajen por el Bien Común. La mejor inversión que puede realizar un país es en el desarrollo de su población, así como la mejor inversión que puede hacer una empresa es en el crecimiento de sus trabajadores. Se debe poner a los pobres primero porque son los miembros más débiles de la sociedad y, por tanto, necesitan de la protección de la sociedad. Los ricos no necesitan que se les proteja.

En todas las crisis económicas (como la actual) los más afectados son los pobres. En lugar de buscar formas de que no los afecten, los poderosos se justifican apelando a las “leyes de la economía”. Esto causaba una enorme indignación en Giorgio la Pira (quien fuera Alcalde de Florencia en los años cincuenta), quien afirmaba: “¿Le parece interclasismo cristiano aquel que permite que el trabajo -y, por tanto, el pan físico e incluso, en cierto modo, el espiritual, del trabajador y de la familia del trabajador- sea confiado a la inestabilidad de la ‘coyuntura’ (¡cuántas cosas y cuántas arbitrariedades se esconden bajo esta etiqueta!)? ¿Cómo pueden los trabajadores confiar en un orden social en el que su vida está confiada a los vientos tan desleales de la así llamada ‘libre iniciativa’?”. Me resulta ilógico pensar que mientras hemos logrado dominar las leyes de la naturaleza y someterlas a nuestros designios, no hemos podido hacer lo mismo con las leyes de la economía para ponerlas al servicio del hombre.

Estamos acostumbrados a medir el poderío de las naciones por la cantidad de riquezas que producen, así como por la cantidad de ricos que tiene. Esto me parece una estrategia errada. En las ingenierías se acostumbra determinar la calidad de un sistema basado en el componente menos eficiente del mismo. En términos llanos: el eslabón más débil de una cadena es el que determina la resistencia de la cadena completa. Creo que nos convendría seguir ese camino al determinar la riqueza y poderío de nuestras sociedades. Quizá ese cambio de perspectiva nos ayudaría a atacar el problema de la pobreza de una forma más efectiva y más acorde con la dignidad de las personas. Quizá sea un punto de vista nuevo que nos ayude a acabar con la terrible contradicción que se vive en el mundo actual, donde come mejor una vaca en un país del primer mundo que un niño de un país del tercer mundo. Donde se desperdicia, en el primer mundo, suficiente comida para alimentar al resto del mundo pero que se tira a la basura porque es “más barato”.

martes, 26 de mayo de 2009

Un auténtico bailout

“Administrar no es solamente una cuestión de ingresos y salidas. Es a los HOMBRES a quienes se debe considerar ante todo y al establecimiento de una solidaridad auténtica.”
Giorgio La Pira

Estos días de incertidumbre económica, en que incluso las grandes automotrices norteamericanas (el orgullo de la industria manufacturera estadounidense) están al borde de la quiebra, son una muestra más de que el sistema económico predominante está mal de raíz. La discusión en torno al posible rescate de estas compañías por parte del gobierno ha estado repleta de una retórica a favor de los trabajadores y, sin embargo, a los que menos se les ha visto en las negociaciones ha sido a los trabajadores.

Los congresistas norteamericanos se han reunido con los grandes directivos tanto de General Motors como de Chrysler, éstos han dialogado y negociado con los grandes inversionistas y accionistas de las empresas y los trabajadores, que son los más desprotegidos, se quedan sin un verdadero poder de decisión. La única protección que les ha obtenido el sindicato es un porcentaje de las acciones para garantizar la atención médica de sus futuros pensionados. Los acreedores han recibido una oferta de intercambio de deuda por acciones pero al parecer éstos la van a rechazar (porque claramente les importa más su dinero que el trabajo de tantas personas), con lo que la compañía se tendrá que ir a la bancarrota. Las soluciones que se han propuesta hasta el momento son las mismas que se han usado en otros casos y las mismas que han terminado en fracaso. Recordemos que estas mismas compañías automotrices tuvieron que ser rescatadas hace unos años. La aparente reestructuración de las empresas, condición necesaria para recibir dinero de los impuestos, sólo representa un cambio en los altos mandos, no en el funcionamiento mismo de las mismas.

¿Por qué no buscar una solución distinta que beneficie realmente a los más necesitados: los trabajadores? Al final del día, son éstos los que salen más afectados por la bancarrota de una empresa ya que ellos sí viven de su trabajo, a diferencia de los accionistas y los directivos. Pensando en esto, recordé un par de casos de rescates gubernamentales que realmente beneficiaron a los trabajadores y que realmente salvaron a las empresas y que son ejemplos perfectos de cómo debe ser la intervención estatal.

Estos casos ocurrieron en la década de los cincuenta, durante la reconstrucción europea, en un país que sufrió en carne propia la destrucción de la guerra: Italia. En aquellos años, el alcalde de Florencia, Giorgio La Pira, demostró que la economía sí puede estar al servicio del hombre y que en tiempos de crisis, la solidaridad es el mejor camino. “La Pignone” era un complejo industrial compuesto por dos fábricas, que, debido a un descenso en la demanda iban a ser clausuradas por sus dueños. Para evitar problemas con los trabajadores, los dueños prefirieron abandonarla dejando a los alrededor de 2 mil obreros desamparados. En ese momento, intervino el gobierno de La Pira y, con el respaldo del gobierno nacional de De Gasperi y de múltiples organizaciones sociales y religiosas, logró financiar una auténtica reestructuración de la empresa que pasó a estar en manos de los trabajadores. El préstamo gubernamental sirvió para reactivar la producción de la empresa, ahora llamada “Nuova Pignone”. Este rescate fue tan efectivo, que la nueva fábrica pronto produjo más que la anterior y creció de tal forma que después fue adquirida por General Electric.

Otro caso similar ocurrió con la empresa Delle Cure que cerró sus puertas dejando a sus trabajadores desprotegidos ya que estaba atrasada en su pago del seguro social y no les pagó el último mes de trabajo. La Pira organizó no sólo a los trabajadores, sino a la sociedad en general y, por medio de colectas y préstamos gubernamentales, reorganizó a la empresa en una cooperativa que, al igual que La Pignone, pronto empezó a producir más de lo que producía antes con lo que los trabajadores pudieron pagar su deuda con el gobierno.

No entiendo por qué los gobiernos actuales no pueden implementar medidas como las que usó La Pira. Obama ha hablado mucho de cambio pero sus políticas son iguales que las de sus antecesores. No hay nada nuevo en la propuesta de rescate que presentó su gobierno. En cambio, una alternativa como la de La Pira ya ha demostrado ser efectiva y beneficiaría a quienes más lo necesitan. Quizá nuestras sociedades estén demasiado casadas con el capitalismo para poder pensar de otra manera, y quizá sea esa la razón de nuestra actual crisis. Los dogmas del libre mercado y de la iniciativa individual nos impiden idear nuevas formas de organización más justas y más benéficas para la sociedad en su conjunto. Bien decía Giorgio La Pira:

“Las raíces últimas de esta crisis, son raíces de pensamiento... Las crisis, antes que económicas y políticas, tienen raíces de ideas...”

martes, 5 de mayo de 2009

Lecciones epidemiológicas

La pandemia de influenza que asola al mundo entero parece una extraña maestra de economía y, sin embargo, la observación de la actitud de la gente ante este fenómeno basta para cuestionarnos sobre los fundamentos mismos del capitalismo. Los teóricos de este sistema económico sostienen que el egoísmo es el principal generador de riqueza, es decir, que cuando un individuo busca su bien personal, genera riquezas que se derraman sobre el resto de la población, distribuyéndose así entre todos los individuos (la famosa “mano invisible”).

No tengo los conocimientos económicos necesarios para plantear una demostración cuantitativa que ponga en duda al capitalismo, ni pretendo negar que el egoísmo sea un motor bastante poderoso para generar riquezas. Lo que busco es cuestionar si ese motor es el más eficiente para ello o si sea el más conveniente. Para ello, haré uso de un recurso al que los ingenieros (y Tomás de Aquino) recurrimos con mucha frecuencia: la analogía.

En mi analogía, veremos si el principio del egoísmo (que es el que rige en la sociedad actual) ha servido para disminuir el impacto de la epidemia de influenza, si no ha afectado o si la ha empeorado. Yo sostengo que, afortunadamente, y dada las características del virus de la influenza porcina, no ha afectado demasiado. Sin embargo, creo que en el caso de un virus más contagioso podría haber empeorado la situación.

Cuando estalla una epidemia, lo que se debe buscar es contener, en la medida de lo posible, al virus dentro de una región para evitar que se convierta en un problema mayor. Las indicaciones del presidente Calderón de que la gente se quedara en casa iban en este sentido. Lo que sucedió fue que muchas personas, por miedo a contagiarse y, pensando en sí mismas primero, decidieron huir de la ciudad. El peligro radica en que con una persona que estuviera incubando el virus (y, por tanto, no supiera que lo portaba) y lo llevara a otra ciudad, se hubiera iniciado otro brote, haciendo más difícil el control de la epidemia. Así, el egoísmo, en vez de mejorar el problema, lo habría empeorado.

Otro ejemplo se dio con las compras de pánico en que incurrieron miles de capitalinos durante esta crisis. A pesar de los anuncios del gobierno de que no se iban a cerrar los supermercados, miles de personas se creyeron más inteligentes que las demás y, pensando en sí antes que en el bien del conjunto, decidieron ir a comprar todos los víveres que pudieran. Al final del día, estas personas no resultaron ser más inteligentes que las demás (de hecho, fueron bastante tontas) ya que lo mismo pensaron muchos otros y terminaron saturando los supermercados. Contrario a lo que pedía el gobierno de evitar tumultos y lugares con muchas personas, estos individuos terminaron creando aglomeraciones humanas en los supermercados. Lo mismo ocurrió en los hospitales donde miles de personas se congregaron para que los atendieran a pesar de no tener los síntomas. ¿Qué habría sucedido con un virus mucho más contagioso? Muchas de estas personas se habrían contagiado por buscar su propio provecho, empeorando la epidemia.

Creo que estos dos ejemplos son una muestra suficiente para demostrar que el egoísmo, en lugar de ayudar pudo haber provocado mayores males de los que se padecieron. La conclusión a la que llego es la misma a la que llegué en otra ocasión: si esto no funciona con una epidemia, ¿por qué habría de funcionar con la economía?

lunes, 27 de abril de 2009

Reflexiones ecologistas

Uno de los temas más de moda en nuestros días es el del calentamiento global. Unos afirman que es consecuencia de las acciones del hombre y otros que es parte de un ciclo natural de la Tierra. La discusión generalmente se centra en torno a este punto, lo cual me parece una completa pérdida de tiempo. Ni unos ni otros tienen suficientes elementos para probar su punto de vista (aunque afirmen lo contrario) y, honestamente, me parece que el origen del calentamiento global no es en lo que deberíamos de enfocarnos. El verdadero problema radica en que los seres humanos hemos destruido (y seguimos destruyendo) la naturaleza.

Existen muchos esfuerzos, algunos a nivel mundial, para reducir la contaminación y para concientizar a la población de la importancia de respetar y cuidar la naturaleza. Muchos de estos esfuerzos, aunque importantes y efectivos hasta cierto punto, no son, a mi parecer, suficientes para resolver el problema de raíz. Es decir, la solución no consiste en que todos reciclemos o en que todos apaguemos la luz al salir de un cuarto, la solución real se encuentra en que cambiemos nuestros patrones de consumo.

La verdadera causa de la contaminación y de la destrucción ambiental se encuentra en la avaricia desmedida de los seres humanos, que se materializa en nuestro sistema económico de consumo. Buscamos tener cada día más y mejores cosas y, además, a menores costos. Por tanto, cada día hacemos mayor uso de los recursos naturales e inventamos materiales más baratos pero menos biodegradables. Por lo mismo, cada día generamos más y más basura que tiene que terminar en algún lugar. Ya sea en tiraderos al aire libre (como los que tenemos en México), ya sea enterrada o ya sea enviada a países del Tercer Mundo, la basura se sigue acumulando y nuestros esfuerzos por erradicarla son en vano.

Algunos países han, en apariencia, resuelto el problema de la basura. Sin embargo, la realidad es que muchas veces, ésta es exportada a países pobres para ser “tratada” ahí. La gran mayoría de la basura “electrónica” (restos de aparatos electrónicos y baterías, que contienen un alto porcentaje de sustancias tóxicas) se vierte en China y otros países asiáticos donde, como siempre, son los más pobres los que tienen que sufrir las consecuencias.

Otro aspecto en el que podemos ver cómo ésta ambición desmedida ha afectado a la naturaleza es el de los famosos coches eléctricos. Este tipo de automóviles no se han generalizado porque lo que buscamos en un coche es que sea potente y que vaya cada vez más rápido. En vez de pensar que los coches eléctricos serían buenos para la ecología y que el sacrificio en velocidad vale la pena, seguimos comprando carros grandes que consumen cantidades enormes de gasolina pero que nos hacen sentir más importantes y más poderosos. Igual los teléfonos celulares, que cambiamos continuamente para estar a la moda, aún cuando eso represente que millones de pilas (que son de lo más contaminante que hay) terminen tiradas en algún lugar.

Entonces, ¿qué podemos hacer? Creo que proponer un cambio en el sistema económico es pedir demasiado en este momento histórico. Eso deberá tomar muchos años (quizá siglos) lograr. Podemos empezar por disminuir la cantidad de cosas que consumimos. Una mirada rápida a lo que compramos nos demostrará que muchas cosas no son necesarias para nuestra supervivencia y que las consumimos más por moda o por capricho que por necesidad. También creo que sería bueno que recuperáramos ese aprecio por la naturaleza que la comodidad de la vida moderna nos ha hecho perder. Apreciar la belleza de un árbol o de un prado, de un cielo azul o del mar. Cualquier sacrificio que sirva para preservar las bellezas naturales vale la pena y, a la larga, terminará siendo benéfico para nosotros.

jueves, 1 de enero de 2009

Ante la crisis: sobriedad y solidaridad

El nuevo año inicia en medio de una crisis económica a nivel mundial. Miles de empleos se han perdido, grandes corporaciones están al borde de la quiebra e incluso los gobiernos más liberales, económicamente hablando, han tenido que intervenir. Ante esta difícil situación, la respuesta de la mayoría de los inversionistas, empresarios y consumidores ha sido una de pánico y desconfianza. Todo esto genera un círculo vicioso en que los inversionistas y empresarios retiran su dinero para “protegerlo” (sin importar que desprotejan a tantos trabajadores) y empeoran la situación. Resulta pues, que el motor principal del sistema económico liberal, el interés personal, es a su vez el agravante de esta crisis económica.

De todas las opiniones que he leído acerca de lo que nos espera en este año que comienza, la que más me ha gustado es la del Papa Benedicto XVI en su mensaje de Año Nuevo. Lo primero que nos dice es que debemos enfrentar la dura realidad económica sin miedo. Es decir, debemos reconocer la dificultad de la situación, pero no podemos perder la cabeza fría para enfrentarla. El pánico sólo empeora las cosas (como ya hemos visto en los últimos meses) y cuando se trata de la economía de miles de familias, debemos obrar con extrema precaución.

En segundo término, nos invita a “combatir la pobreza con pobreza”. Para ello hace una distinción entre la pobreza que ofende a la dignidad de las personas: la pobreza extrema en que viven millones de seres humanos; y la pobreza “elegida”: la pobreza evangélica. La pobreza evangélica mejor la podríamos entender como sobriedad. Es decir, vivir con lo necesario, evitar los gastos superfluos y el consumismo desenfrenado. ¿Cómo pueden haber personas que gastan miles o millones de dólares en lujos mientras tantos otros no tienen ni qué comer? En este sentido, existe otra pobreza que se vive sobre todo en los países y en las clases sociales más ricas: la miseria moral y espiritual. Esta pobreza que no se preocupa por los más necesitados y que es resultado de una ideología que sitúa al individuo como el valor supremo. La sobriedad a la que nos invita el Papa es una forma de solidaridad con aquellos que tienen menos que nosotros, es una invitación a compartir, aunque sea en forma muy light, su sufrimiento.

Por último, su Santidad nos propone “globalizar la solidaridad”. Para ello, nos reta abiertamente a revisar el sistema de desarrollo prevaleciente. Nos reta a realizar cambios que tengan un impacto en el largo plazo, no sólo soluciones temporales a la crisis económica actual. Estos cambios son necesarios para arreglar otras crisis (quizá más preocupantes), más allá de la económica, tales como la crisis moral, la crisis cultural y la crisis ecológica. Existe un estrecho vínculo entre todas ellas, de manera que podemos aprovechar el momento para arreglarlas.

Para ello, debemos romper el círculo vicioso del individualismo e iniciar un círculo virtuoso que realmente ofrezca una respuesta a la pobreza. La construcción de este círculo virtuoso, basado en la solidaridad y la sobriedad (o “pobreza elegida”) es a lo que estamos llamados en este año que inicia. Debemos ser sobrios en el consumo y en el gasto y ahorrativos en lo que podamos. Debemos ser solidarios con los que nos rodean. Creo que todos tenemos por lo menos una hora a la semana que podamos dedicar a los que más nos necesitan.

En lo económico, debemos buscar formas alternativas de organización. Las cooperativas han demostrado ser eficaces y además han beneficiado a miles de trabajadores alrededor del mundo. En una situación como la actual, sería muy benéfico que se crearan más cooperativas que no sólo estuvieran generando empleos, sino realmente mejorando el nivel de vida de los trabajadores y de sus comunidades. Las empresas tradicionales también deben buscar un giro más social. Se sabe que las empresas socialmente responsables son capaces de competir sin problemas contra empresas de corte tradicional. Es más, el trato digno a los trabajadores y la búsqueda de su mejoramiento personal tiene un impacto positivo en el avance y competitividad de las empresas. Por tanto, debemos buscar organizaciones económicas que fomenten la solidaridad y el trabajo en común, no sólo la competencia. Debemos crear empresas que se enfoquen no en generar riquezas sino comunidades de trabajo. Las utilidades llegarán como consecuencia lógica.

En fin, este año nuevo inicia con muchos retos y con mucho trabajo para todos…