viernes, 17 de julio de 2009

Malentendido postconciliar

El Concilio Vaticano II generó reacciones encontradas dentro de los grupos más radicales al interior de la Iglesia. Tanto los ultraconservadores que se opusieron (y que se siguen oponiendo) a toda reforma, como los liberales que las recibieron con júbilo para después quejarse amargamente de que Juan Pablo II y Benedicto XVI les han “puesto freno”, parecen no haber entendido el auténtico espíritu del Concilio.

El ejemplo más claro de este “malentendido postconciliar” lo encontramos en las reacciones generadas por los cambios realizados a la liturgia. El objetivo de estos cambios es, como indica el documento Sacrosantum Concilium en su punto 50, hacer “más fácil la piadosa y activa participación de los fieles”. Aquí es donde inician las confusiones. No se trata, como creen muchos seguidores de la teología de la liberación, de “hacer la liturgia accesible al pueblo” trivializándola para que las “masas” puedan entenderla. Esto es suponer que el “pueblo” es incapaz de apreciar las bellezas de la liturgia tradicional y que es incapaz de entender los rituales que forman parte de la Misa. Tampoco es, como suponen los defensores a ultranza de la liturgia antigua, un intento por acabar con la tradición.

Desgraciadamente, desde la conclusión del Concilio Vaticano II, grupos de ambos extremos han caído en todo tipo de excesos que han llevado a las autoridades eclesiásticas a tomar medidas drásticas para controlarlos. Así, por ejemplo, se hizo necesaria la restricción de las Misas en latín (que nunca estuvieron prohibidas por el Concilio y las cuales Benedicto XVI está impulsando nuevamente) para evitar la desobediencia de ciertos sectores radicales. En el otro extremo, se llegó a convertir a la Misa en poco más que una reunión social, mucho más cercana a las celebraciones de ciertas sectas que a la celebración eucarística de los primeros cristianos a la cual buscaban regresar.

Entonces, ¿cuál es el auténtico espíritu del Concilio en cuanto a la liturgia? Creo que el punto que cité anteriormente es lo suficientemente claro al respecto. De igual forma, una lectura cuidadosa de la Constitución citada (Constitución Sacrosantum Concilium sobre la Sagrada Liturgia) nos lleva a concluir que lo que se busca es aumentar la educación de los fieles respecto a la Misa para que puedan participar activamente y con pleno entendimiento en la misma. Las actitudes tomadas por ambos extremos no han ayudado en nada para alcanzar este objetivo. Juan Pablo II tuvo que ocuparse más por controlar a ambos sectores extremistas que en poder llevar a cabo esta importante labor. Benedicto XVI ha ido implementando ciertas medidas para lograr esto por lo que ha sido severamente criticado. Es común escuchar en ciertos círculos progresistas (en su mayoría jesuitas, por desgracia) que ambos pontífices actúan contra el “espíritu del Concilio”. Esto es una mentira ya que si hay alguien que conoce el auténtico espíritu del Concilio, son Karol Woytila y Joseph Ratzinger, participantes activos en el Concilio Vaticano II como asesores.

¿Cómo se concilian las actitudes de ambos pontífices que, en apariencia, son contradictorias? Por un lado, Juan Pablo II mantuvo la restricción a las Misas en latín, mientras que Benedicto XVI, apenas asumió el pontificado, las empezó a alentar. ¿Cómo conciliar a Juan Pablo II, que participó en una Misa con bailes indígenas, con Benedicto XVI que pide que se regrese al canto gregoriano?

Me parece que la respuesta es sencilla. Tanto las Misas en latín como las Misas en las lenguas vernáculas son válidas e importantes. Las Misas en latín nos unen con la tradición de la Iglesia (en Occidente por lo menos) que ha tenido a este idioma como su lengua oficial. Las Misas vernáculas nos presentan la liturgia en nuestro idioma, para que la conozcamos y la entendamos. Por lo mismo, no debemos verlas como rivales, sino como complementarias.

Tenían razón los padres conciliares cuando se cuestionaban acerca de cómo podrían los fieles apreciar y participar en una Misa que no entendían. Este problema se ha vuelto más grave por el hecho de que ya no se enseña latín en las escuelas (lo cual representa, a su vez, una enorme pérdida cultural para nuestra civilización). Por tanto, las Misas vernáculas sirven como una introducción a la liturgia, como una forma de educar a los fieles. Una vez conocidas las partes de la Misa, una vez que se entiende lo que se dice y de lo que trata, el fiel podrá apreciar la Misa en latín como una forma de participar de la universalidad de la Iglesia, tanto en el plano espacio-cultural (con todos los que pertenecen a culturas y países de idiomas distintos a nosotros) como en el temporal (con todos los que nos han antecedido a lo largo de la historia).

Lo mismo que comenté acerca del idioma de la Misa, lo podemos decir acerca de la música que se utiliza en las celebraciones, así como del arte religioso en general. Este, además, es uno de los temas en los que más ha insistido el actual pontífice. Por querer hacer la Liturgia “accesible a todos”, hemos perdido una enorme y muy valiosa tradición artística. Por muy bonitas y conmovedoras que sean las canciones que se utilizan en las iglesias los domingos, no tienen comparación con las misas compuestas por Beethoven, Mozart o Haydn. Por muy bien que cante un coro con guitarra y panderos, no se compara con la sencillez y belleza de los cantos gregorianos. La estética de la Liturgia se ha perdido de una forma trágica por los extremistas postconciliares. Esto es terrible porque la belleza siempre ha caracterizado a la Liturgia católica.

En conclusión, he intentado demostrar que el malentendido postconciliar ha traído consecuencias muy graves para la Liturgia. Las actitudes tomadas por extremistas de la “izquierda” y de la “derecha” religiosas han logrado lo que logran todos los extremismos: detener el avance del conjunto. El espíritu del Concilio (que no es ni más ni menos que el Espíritu Santo actuando en la Iglesia) busca lograr algo que los hombres, por soberbia y por ignorancia, hemos intentado detener. Afortunadamente, ese espíritu sigue presente y sigue, a pesar de todos nuestros intentos (tanto conscientes como inconscientes) por detenerlo, logrando los cambios que necesita la Iglesia.

jueves, 9 de julio de 2009

Evaluación de las elecciones

Para nosotros, señores, ganar una elección o perderla no compromete la vida del partido; nosotros al día siguiente de una elección ganada o perdida tenemos seguramente más trabajo que en la víspera…
Efraín González Luna


Mucho se ha comentado en los medios acerca de la “debacle” del PAN en las elecciones del pasado domingo. La renuncia de nuestro jefe nacional ha aumentado las especulaciones acerca del futuro del partido, así como el futuro de la presidencia de Felipe Calderón y ha dado motivo a nuestros comentaristas políticos para hablar de que Acción Nacional fue el “gran perdedor” en esta elección.

Creo que nuestros “expertos en política” tienen una visión muy simplista de la realidad, con lo que nuevamente demuestran que no es lo mismo estar dentro del ruedo que ver la corrida desde las gradas. Lo que creo que es necesario, al igual que muchos compañeros panistas, es una reflexión y una autocrítica. Sin embargo, esta reflexión debe ser objetiva, sin la influencia de los autodenominados expertos (que abundan en nuestros medios de comunicación y entre la ciudadanía que, aunque “odia” la política, cree dominar el tema).

El primer análisis que debemos realizar, para saber en qué situación nos encontramos, tiene que ver con los datos duros de la elección. Me arriesgo a afirmar que los resultados en la elección de diputados federales no son una catástrofe sino el resultado de una tendencia que se viene siguiendo desde años atrás y que a continuación explicaré. Por otro lado, los resultados en las elecciones para gobernadores y municipios sí fueron desastrosas (aunque previsibles) y la causa de ese desastre no se halla únicamente en el Comité Ejecutivo Nacional, sino que tuvo mucho que ver con los pleitos locales que, como siempre, terminan llevando al partido a la derrota.

Veamos primero el caso de las elecciones federales. De 206 diputados con los que actualmente contamos, pasaremos a 143 según los resultados preliminares (este número podrá variar de acuerdo a los ajustes que se realicen en estos días tanto en el IFE como en Tribunal electoral). De entrada, el dato parece muy evidente: fue una enorme derrota para Acción Nacional. Sin embargo, si observamos los resultados electorales pasados podemos notar lo siguiente: en las elecciones del 2000, obtuvimos 207 escaños en el Congreso de la Unión, para 2003, este número descendió a 148. ¿Te resultan familiares estos números? Son prácticamente iguales a los que tuvimos en 2006 (206) y ahorita (143). Además, existe una clara correlación entre el aumento del abstencionismo y el descenso de votos para el PAN (en 2000, Vicente Fox tuvo 15.9 millones de votos contra 8.18 millones en la elección intermedia del 2003, en 2006, Felipe Calderón obtuvo 15 millones contra los 9.5 de este año, en ambas elecciones intermedias, el abstencionismo superó el 55%). Lo mismo se repite en elecciones anteriores. Por tanto, los resultados actuales son consistentes con esta tendencia. La única forma en que podremos superar estos resultados es logrando que más gente salga a votar en las elecciones intermedias.

Por su parte, la “gran victoria” del PRI no se debe a que haya recuperado la confianza de la ciudadanía, sino a su enorme estructura de movilización del voto. Veamos datos duros que confirman esto: en las últimas tres elecciones intermedias (1997, 2003 y 2009) el PRI ha tenido 11.3, 10.8 y 12.5 millones de votos respectivamente. Estas variaciones se pueden explicar con el crecimiento natural del padrón electoral, así como la transferencia de votos del PRD al PRI (porque es muy poco probable que se transfieran del PRD al PAN). No se observa ninguna variación significativa que muestre una mayor confianza del electorado hacia el PRI. Es, por tanto, una tendencia que se ha mantenido en las últimas elecciones intermedias.

La conclusión a la que podemos llegar después de ver esta información es la siguiente: los resultados que se obtuvieron siguen una tendencia que no ha variado. Por tanto, no se trata de una “derrota” de Acción Nacional como tal, ni se trata de una pérdida de confianza de la ciudadanía o de un voto de castigo al presidente Calderón (el cual tiene una aprobación del 67%, similar a la que tiene Barack Obama en E.U.).

En el nivel local la historia es distinta. De las gubernaturas que se disputaron, sólo se obtuvo la victoria en Sonora. Se perdieron dos bastiones panistas: San Luis Potosí y Querétaro. Se perdieron ciudades importantes como Cuernavaca y Guadalajara. En el Estado de México, la derrota fue absoluta. Todas estas derrotas tienen una explicación muy sencilla: los pleitos internos. En Jalisco, entre el gobernador y Francisco Ramírez Acuña, en San Luis entre el gobernador y el candidato (que además llevó una campaña deplorable, confiado totalmente en su victoria), en Querétaro igual, el Estado de México ha sido una fuente de conflictos interminable y, aunque no se hubieran designado candidatos, probablemente se habría perdido igualmente. De todos estos casos, el único en el que parece tener la culpa hasta cierto punto el CEN es en Nuevo León. Ahí la designación de Fernando Elizondo se presentó como un modo de evitar conflictos entre los principales contendientes. Desgraciadamente, eso no impidió que se presentaran estos conflictos que, además, se complementaron con una mala campaña llevada por Elizondo, gracias a lo cual no alcanzó la gubernatura.

De lo anterior podemos concluir que la responsabilidad no puede recaer únicamente sobre el CEN y Germán Martínez. Aquí la responsabilidad fue compartida. Germán cometió muchos errores: se abusó del mecanismo de la designación (igual que lo hizo Manuel Espino antes que él), faltó cercanía con la gente, no se brindó el apoyo a aquellos lugares que se consideraron casos perdidos (como el D.F., donde dimos la sorpresa) y no se intervino eficazmente para evitar las divisiones, pero, al final del día, la culpa debe recaer también sobre los liderazgos y militantes locales que, antes que pensar en el bien de sus estados y del partido, se dejaron llevar por sus intereses propios.

Germán ejecutó bien la estrategia de golpeteo al PRI, con lo que se logró evitar una derrota a nivel federal, pero falló en la conciliación de los liderazgos locales, con lo que se sufrieron importantes pérdidas en los estados. Hay que reconocerle el valor de renunciar al no lograr los éxitos electorales a los que se había comprometido. Ya quisiera ver a los candidatos que ofrecieron resultados o su renuncia cumplir con su palabra. Yo critiqué muchas cosas de las que hizo Germán, pero debo reconocerle este último gesto y espero que otros líderes tengan el valor cívico de asumir las consecuencias de sus actos.

El siguiente análisis a realizarse tiene que ver con los errores de comunicación que tuvieron nuestras campañas. Nuestra plataforma electoral incluía propuestas interesantes que después fueron abanderadas por la sociedad civil (reducción del número de diputados, reducción del dinero asignado a partidos políticos, reelección de diputados y presidentes municipales). Desgraciadamente, son pocas las personas que se enteraron de esto. Quizá hubiera sido conveniente repartir esta plataforma entre la ciudadanía o promoverla más en las entrevistas en los medios de comunicación. Es una importante lección que no debemos olvidar para los próximos procesos.

Aunque en parte esto es responsabilidad del partido, creo que los ciudadanos, y especialmente aquellos que piensan que “todos los partidos son iguales”, se debieron haber tomado la molestia de consultar esta plataforma antes de criticar y de tomar la completamente inútil decisión de anular su voto. Una lectura comparativa de las plataformas de los distintos partidos (que estuvieron disponibles en la página del IFE desde antes de que iniciaran las campañas) llevaría a cualquiera a concluir que los partidos no son iguales y que las diferencias entre ellos son muchos más profundas de lo que se podría imaginar. Siempre es más fácil quejarse de que los spots en televisión no tienen propuestas, a pesar de que son el medio menos adecuado para comunicarlas, que buscarlas en donde sí se pueden comunicar: documentos, entrevistas y reuniones con los candidatos.

Un tercer análisis a realizar tiene que ver con la nueva realidad política que hay en el país. Desde que con Fox se abolió el presidencialismo (otro de sus logros que pocos han querido ver), los núcleos de poder se han concentrado en los gobiernos estatales. Los gobernadores actúan como caciques en sus respectivos estados (Moreira en Coahuila, Herrera en Veracruz, Marín en Puebla, seguido de un largo etcétera). El consecuente debilitamiento del poder central hace que la lucha se tenga que llevar a cabo desde el nivel local. Ahí es donde falló Germán Martínez quien intentó triunfar desde el centro. Es necesario que regresemos a nuestras raíces municipalistas fortaleciendo a nuestros comités municipales y estatales. La fuerza del PAN siempre ha venido de sus bases, de los militantes que participan activamente en sus municipios. La lección por aprender es que al militante panista no le gusta la imposición. Ni de candidatos (aunque en ocasiones es necesaria y válida) ni de estrategias que, por lo general, son ajenas a la situación que se vive en la localidad. Si no fundamos nuestras futuras estrategias y campañas en las realidades locales, si no tomamos en cuenta el conocimiento y experiencia de los militantes y dirigentes municipales y estatales, seguiremos sufriendo derrota tras derrota. El rol del CEN es proveer de facilidades y de conocimientos que se complementen con los ya existentes en los estados. Sólo así, respetando uno de nuestros pilares doctrinales, la subsidiariedad, podremos revertir el escenario negativo al que nos enfrentamos actualmente.

Creo que no hay mejor reflexión que la que mira hacia los que nos antecedieron en busca de respuestas, por lo que me parece adecuado concluir con unas palabras de nuestro fundador, Manuel Gómez Morín: “que la derrota no paralice, sino instigue, que el simple apetito no se mezcle jamás con el propósito, que si falta un responsable haya muchos para substituirlo…”

domingo, 28 de junio de 2009

Defensa de la hispanidad

Es de esperar que la gente se dé cuenta de que España no es tan negra como la han pintado quienes sólo han pintado las caperuzas negras de los inquisidores.
G.K. Chesterton

El problema con las mentiras es que muchas veces la gente se las cree. Eso es precisamente lo que ha sucedido con la llamada Leyenda Negra acerca de España. La Leyenda negra está ya tan arraigada en la cultura occidental, que incluso en los libros de texto de Historia se enseña como si fuera una verdad histórica. Desde pequeños nos metieron en la cabeza la idea de que los españoles sólo vinieron a América por el oro, que exterminaron sin piedad a los indígenas y que esclavizaron a los que sobrevivieron. Además, que impusieron su religión a la fuerza, con un tribunal inquisitorial que no tenía problema alguno con quemar a los herejes y enemigos de la fe.

Desgraciadamente, incluso entre los pueblos latinoamericanos, que somos hijos de España, estas mentiras se han convertido en “verdad”. Es muy común escuchar a la gente decir que los españoles “nos conquistaron” y que esclavizaron a “nuestros padres”. Ambas afirmaciones son falsas porque, en primer lugar, “nosotros” (es decir, los pueblos latinoamericanos) somos producto de la fusión de los indígenas y de los españoles, y, por tanto, no existíamos hasta el momento en que se dio esa fusión. En segundo lugar, porque los indígenas no fueron esclavizados, ya que esto estuvo prohibido por la Corona Española desde un inicio.

Por otro lado, resulta un poco ilógico el hecho de que se haya “exterminado” a los indígenas cuando alrededor del 90% de nuestra población tiene raíces y rasgos indígenas. Como que algo no me cuadra ahí. Aunque algunas facetas de la cultura indígena sí fueron eliminadas (como el politeísmo, los sacrificios humanos, etc.) muchas de sus manifestaciones culturales fueron preservadas, aunque transformadas para adaptarse a la nueva realidad en la que vivían. Así, por ejemplo, podemos encontrar infinidad de bailes prehispánicos que ahora se llevan a cabo en honor a la Virgen de Guadalupe y que antes se hacían en honor de sus dioses. Ni qué decir de la enorme cantidad de palabras de origen indígena que aún usamos, así como tantos alimentos prehispánicos que siguen siendo la base de nuestra dieta. Esta transformación se la debemos sobre todo a los misioneros que llegaron desde los primeros años de la colonización de América. Estos grandes hombres, condenados por la historia oficial a un párrafo o dos de los libros de texto gratuitos, entregaron su vida a la evangelización, educación y protección de los indígenas. Ellos, a diferencia de muchos “defensores de los pobres” de la actualidad, sí se preocuparon por darles una mejor vida a través de la educación y del trabajo. Tan efectiva fue esta labor que hoy, quinientos años después, se siguen viendo sus frutos.

Ahora bien, los españoles tuvieron sus fallas y cometieron sus atrocidades. Nadie pretende negar los abusos de ciertos conquistadores ni que algunas políticas de la Corona no fueron las más adecuadas. Sin embargo, no podemos juzgar su actuar con una mentalidad del siglo XXI. Debemos situarnos en su época, entender las motivaciones que los conducían y, entonces, juzgarlos con objetividad. Además, no podemos ver nada más los aspectos negativos de este gran pueblo sin ver lo positivo, o condenarlos sin compararlos con lo que hicieron otros. Ningún otro país o imperio ha realizado una colonización como la que hicieron los españoles. Mientras los demás países establecían colonias simplemente para tener puestos comerciales y nuevos mercados, los españoles crearon una nueva civilización. Mientras los colonos ingleses en Norteamérica exterminaban sin piedad a los pueblos nativos (cosa que siguieron haciendo los estadounidenses después de su independencia), los españoles se fusionaron con ellos. Mientras los portugueses y holandeses trataban a los nativos africanos como objetos, los españoles sostenían y defendían la humanidad de los indígenas americanos.

Me parece increíble que, hasta antes de la aparición de los nazis, los españoles eran el símbolo de la más grande barbarie. Frases como “África empieza en los Pirineos” muestran el desprecio que muchos europeos sentían por ese país. Parece que olvidan que fue precisamente el pueblo español el que sufrió siete siglos de lucha contra el invasor musulmán, evitando así que conquistara toda Europa. Que fue ese pueblo el que dirigió la defensa de Europa en Lepanto, donde derrotó al enemigo turco. Y fue, finalmente, el mismo pueblo que arriesgó todo al cruzar el océano y conquistar un continente para la Cristiandad.

Nosotros, como sus herederos, debemos empezar a apreciar nuestro origen. El problema de identidad que tanto nos aqueja a los mexicanos (y a los latinoamericanos en general) tiene su origen en que nos hemos creído las mentiras que nos han dicho sobre uno de nuestros padres.

lunes, 15 de junio de 2009

No todos los políticos son nefastos

El hombre no puede separarse de Dios, ni la política de la moralidad.
Juan Pablo II

Aunque muchas veces creamos lo contrario (y muchos parezcan demostrarlo), no todos los políticos son nefastos. O, por lo menos, no todos los políticos que han existido han sido nefastos. A lo largo de la historia ha habido ejemplos de políticos realmente preocupados por el Bien Común, políticos que han entregado su vida (algunos literalmente) al servicio de los demás y éstos son los que han cambiado al mundo, aunque luego el mundo los olvide.

En todas las escuelas de ciencia política se estudia a Maquiavelo y a otros “grandes” personajes de la política y, sin embargo, nunca se estudia a los humanistas demócrata-cristianos, a pesar de que fueron estos políticos los que reconstruyeron Europa después de la Segunda Guerra Mundial. No sólo eso, sino que fueron políticos que ejercieron su labor pública de forma ejemplar, con una profunda preocupación por los más necesitados y, además, con gran éxito.

El desconocimiento que tenemos de estos hombres quizá se deba a que, a diferencia de otros, nunca tuvieron aspiraciones de grandeza ni buscaban su propia exaltación. Nunca se mandaron construir arcos triunfales ni tenían sus propios programas de televisión o radio para que el pueblo estuviera constantemente escuchando lo bueno que eran sus dirigentes. Simple y sencillamente hicieron bien su trabajo.

El secreto de estos extraordinarios políticos radica en que siempre supieron darle su lugar a las cosas. Es decir, tenían muy clara su jerarquía de valores y actuaban en congruencia con ella. Así, por ejemplo, supieron poner al Estado al servicio de las personas, sin caer en paternalismos; supieron poner el anhelo de paz por encima del orgullo nacionalista y, más importante aún, supieron poner el interés nacional por encima de su interés personal. De esa forma, personajes como Adenauer, Schuman o De Gasperi, vivieron de forma austera a pesar de ser los hombres más importantes y poderosos de sus respectivos países. No se enriquecieron a costa del erario público.

Su estilo de vida nos sorprende, sobre todo cuando lo comparamos con el que llevan nuestros políticos. Una reflexión profunda acerca de sus vidas nos lleva a la inevitable conclusión de que sólo pudieron resistir las tentaciones del dinero y del poder, por su profundo amor a la pobreza y a la humildad. Concluimos que sólo puede ser un buen gobernante aquél que ve en la política una forma de servicio a los demás, es decir, una forma de entrega, de sacrificio y de renuncia. Sólo puede ser buen gobernante aquél que deja sus propios afanes de gloria y de riqueza a un lado y abraza la humildad y la sencillez.

Mucho más se podría decir de estos grandes hombres, y espero poder hablar de ellos a su tiempo. Por ahora, les dejo una biografía de otro de estos políticos humanistas: Giorgio La Pira. Aunque la edición no es la mejor que se podría tener y los subtítulos dejan mucho que desear, el video nos da una muestra del tipo de hombre que gobernó Florencia en los años 50, que es, sin duda, el tipo de hombre que quisiéramos que nos gobernara en México. Sin embargo, a mí me inquieta la siguiente interrogante: ¿merecemos un político de su talla?




viernes, 29 de mayo de 2009

La Verdad sobre Miguel Ángel

Aunque no soy conocedor del arte, desde siempre he sido un gran admirador de Miguel Ángel Buonarroti. Para mí, sus obras, tanto pictóricas, como escultóricas, representan lo más grandioso del arte universal. Haber visto algunas de esas obras en vivo fue una experiencia como pocas. Por ello encuentro muy molesto que en nuestros días, haya ciertos “estudiosos” que quieren ver en sus obras y en su vida cosas que no vienen ni al caso. Pretenden tomarlo como bandera de movimientos contemporáneos, tal como sucede con el movimiento homosexual que quiere adueñarse de este extraordinario artista.

Por esa razón, encontré el siguiente artículo de lo más interesante. Lo escribió Elizabeth Lev, profesora de arte cristiano de la Universidad de Duquesne, en su campus italiano. La traducción es mía, por lo que pido disculpas por cualquier error y por ello les dejo la liga para que puedan consultar el artículo original: http://www.zenit.org/article-26017?l=english

Claramente católico

Quizá hayas escuchado hablar de la llamada Prueba del Pato, ideada por el poeta J. Whitcomb Riley. Va así: si parece un pato, nada como un pato y grazna como un pato, entonces, muy probablemente sea un pato. Este sentido común, sin embargo, parece haberse perdido entre muchos de los modernos intérpretes de Miguel Ángel. De acuerdo con la más reciente “erudición”, las palabras, las obras y la piedad católicas de Miguel Ángel eran, en realidad, un camuflaje para una agenda protestante, cabalística y/o homosexual.

Claro que ninguna de estas teorías conspiratorias se sustenta en documentación verificable sombre las prácticas personales o devocionales de Miguel Ángel, sino que son extraídas de imaginaciones hiperactivas. Muchos de estos libros y artículos simplemente observan una pintura, escogen una teoría y hacen que los hechos encajen, descartando los demás. Esto se ha vuelto equivalente a un curso en historia del arte, pero, lo que realmente me molestó fue, de entre todas las cosas, el abstract de una disertación académica que defendía estas viejas teorías tipo Dan Brown.

El objeto de este tratado “académico” es “El Juicio Final” de Miguel Ángel, pintado en el altar de la Capilla Sixtina de 1534 a 1541 y discernida por el autor del artículo como una obra secretamente protestante. Para respaldar esta noción, el investigador toma elementos de diversos estudios gnósticos y de estudios de género, pero veamos tres elementos que indican que este fresco es precisamente lo que aparenta ser: una pintura católica extraordinaria.

1. El artista y su espacio

Aquellos que intentan ver a Miguel Ángel como adherente de alguna religión disidente subterránea, olvidan sus prácticas espirituales. Mientras que Miguel Ángel sólo puede ser tenuemente vinculado a cualquier tipo de secta protestante, es sabido que perteneció a la Tercera Orden Franciscana.

Durante los años en que pintaba el Juicio Final participó en la visita de las Siete Iglesias con el fin de obtener una indulgencia. La mejor evidencia de la devoción de Miguel Ángel hacia la Iglesia Católica fue su aceptación de completar la Basílica de San Pedro para, en sus propias palabras, “la gloria de Dios, el honor de San Pedro y la salvación de su propia alma”.

La Capilla Sixtina era el espacio en el que el Papa Pablo III, ocupado con la organización del Concilio de Trento, oraba con su corte, formada por los más brillantes teólogos de Europa. Estos teólogos y filósofos formaban la primera línea de respuesta a Lutero y, además, eran conocedores del arte. Pintar una obra subversiva en la capilla hubiera sido como pedir una cita con la Inquisición.

2. María, los Santos y la intercesión

La pintura de Miguel Ángel contiene 391 figuras, de las cuales, alrededor de la tercera parte están actuando como intercesores. Las enormes figuras de los santos, particularmente los mártires, rodean a Cristo en el cielo. El énfasis de Miguel Ángel en identificar a los mártires nos recuerda que la Iglesia Romana considera a éstos como parte de su tradición. En este periodo, los antiguos sitios de muerte y de entierro de los mártires fueron restaurados y decorados.

Miguel Ángel también pintó a hombres y mujeres no identificados que ayudan a los recién resucitados en su ascenso a los cielos. La idea de que gente en el cielo asista a otros es una noción esencialmente católica.

Sin embargo, María es la imagen fundamental de la obra. El Jesús de Miguel Ángel parece terriblemente distante, con su mano alzada y la cabeza volteada. En cambio, María, acurrucada al lado de Cristo, voltea hacia abajo, hacia las almas resucitadas. María está pintada junta a la herida del costado de Cristo. Esa herida, de la cual salió sangre y agua, dio origen a la Iglesia. María, como Eva saliendo de la costilla de Adán, representa a la Iglesia nacida del sacrificio de Cristo. A su vez, María (la Iglesia, la esposa de Cristo) es el camino hacia Jesús y su salvación. Como para resaltar la importancia de la devoción mariana, Miguel Ángel pintó, unos metros por debajo de María, a una pareja que es arrastrada hacia el cielo por su rosario.

3. Virtud heroica y cooperación

Miguel Ángel rompió con una antiquísima tradición de pintar a los santos en el cielo con largos vestidos color pastel y con grandes aureolas doradas al representar a sus mártires con enormes cuerpos desnudos. Tomado de la tradición clásica griega, el uso de la desnudez denota a un héroe, uno dotado de gran valentía y nobleza, celebrado por sus grandes hazañas y favorecido por los dioses. Para Miguel Ángel, inmerso en la cultura antigua, ¿qué mejor realización del héroe griego podía haber que el santo cristiano?

Los poderosos cuerpos pintados por Miguel Ángel transmiten la idea de grandes hazañas y sacrificios hechos por Cristo, por ello, estos santos son recompensados con cuerpos gloriosos después de la resurrección. Los hombres y mujeres que cooperan con la Gracia divina y viven vidas de “virtud heroica”, son los que merecen estos cuerpos gloriosos en el más allá. El tamaño, la grandeza y la desnudez de estas figuras sólo pueden representar una participación activa en el sacrificio redentor de Cristo.

Pintado en un espacio católico, por un artista católico, para una audiencia católica, “El Juicio Final” es por mucho, una pintura católica.



Lo que hace que estas interpretaciones espurias sean todavía más molestas es que, mientras Miguel Ángel pintaba su obra, en el norte de Europa estallaban rebeliones protestantes iconoclastas. En 1520, se habían destruido obras de arte en diversas ciudades de Alemania. El fervor iconoclasta no habría encontrado uso alguno para el arte de Miguel Ángel, pero hoy en día, algunos protestantes quieren reclamar a Miguel Ángel como propio.

Más aún, la prohibición de la fabricación de imágenes que representa el Primer Mandamiento evitó el surgimiento del arte figurativo judío durante el Renacimiento. ¿Por qué habría Miguel Ángel de gravitar hacia una religión cabalística que negara su misma razón de ser?

Enfrentémoslo: los católicos, con sus dos mil años de fascinación con el Verbo hecho carne, refinado con su defensa enérgica de las imágenes requerida por la Reforma, han hecho del arte una parte de su tradición espiritual. Pero aún más sorprendente que su atractivo estético, está su universalidad. Cualquiera puede verse reflejado en el arte de la Iglesia Católica. Así que al final del día, o, mejor dicho, al final de los días, estas falsas interpretaciones no son más que agua en la espalda de un pato.

martes, 26 de mayo de 2009

Un auténtico bailout

“Administrar no es solamente una cuestión de ingresos y salidas. Es a los HOMBRES a quienes se debe considerar ante todo y al establecimiento de una solidaridad auténtica.”
Giorgio La Pira

Estos días de incertidumbre económica, en que incluso las grandes automotrices norteamericanas (el orgullo de la industria manufacturera estadounidense) están al borde de la quiebra, son una muestra más de que el sistema económico predominante está mal de raíz. La discusión en torno al posible rescate de estas compañías por parte del gobierno ha estado repleta de una retórica a favor de los trabajadores y, sin embargo, a los que menos se les ha visto en las negociaciones ha sido a los trabajadores.

Los congresistas norteamericanos se han reunido con los grandes directivos tanto de General Motors como de Chrysler, éstos han dialogado y negociado con los grandes inversionistas y accionistas de las empresas y los trabajadores, que son los más desprotegidos, se quedan sin un verdadero poder de decisión. La única protección que les ha obtenido el sindicato es un porcentaje de las acciones para garantizar la atención médica de sus futuros pensionados. Los acreedores han recibido una oferta de intercambio de deuda por acciones pero al parecer éstos la van a rechazar (porque claramente les importa más su dinero que el trabajo de tantas personas), con lo que la compañía se tendrá que ir a la bancarrota. Las soluciones que se han propuesta hasta el momento son las mismas que se han usado en otros casos y las mismas que han terminado en fracaso. Recordemos que estas mismas compañías automotrices tuvieron que ser rescatadas hace unos años. La aparente reestructuración de las empresas, condición necesaria para recibir dinero de los impuestos, sólo representa un cambio en los altos mandos, no en el funcionamiento mismo de las mismas.

¿Por qué no buscar una solución distinta que beneficie realmente a los más necesitados: los trabajadores? Al final del día, son éstos los que salen más afectados por la bancarrota de una empresa ya que ellos sí viven de su trabajo, a diferencia de los accionistas y los directivos. Pensando en esto, recordé un par de casos de rescates gubernamentales que realmente beneficiaron a los trabajadores y que realmente salvaron a las empresas y que son ejemplos perfectos de cómo debe ser la intervención estatal.

Estos casos ocurrieron en la década de los cincuenta, durante la reconstrucción europea, en un país que sufrió en carne propia la destrucción de la guerra: Italia. En aquellos años, el alcalde de Florencia, Giorgio La Pira, demostró que la economía sí puede estar al servicio del hombre y que en tiempos de crisis, la solidaridad es el mejor camino. “La Pignone” era un complejo industrial compuesto por dos fábricas, que, debido a un descenso en la demanda iban a ser clausuradas por sus dueños. Para evitar problemas con los trabajadores, los dueños prefirieron abandonarla dejando a los alrededor de 2 mil obreros desamparados. En ese momento, intervino el gobierno de La Pira y, con el respaldo del gobierno nacional de De Gasperi y de múltiples organizaciones sociales y religiosas, logró financiar una auténtica reestructuración de la empresa que pasó a estar en manos de los trabajadores. El préstamo gubernamental sirvió para reactivar la producción de la empresa, ahora llamada “Nuova Pignone”. Este rescate fue tan efectivo, que la nueva fábrica pronto produjo más que la anterior y creció de tal forma que después fue adquirida por General Electric.

Otro caso similar ocurrió con la empresa Delle Cure que cerró sus puertas dejando a sus trabajadores desprotegidos ya que estaba atrasada en su pago del seguro social y no les pagó el último mes de trabajo. La Pira organizó no sólo a los trabajadores, sino a la sociedad en general y, por medio de colectas y préstamos gubernamentales, reorganizó a la empresa en una cooperativa que, al igual que La Pignone, pronto empezó a producir más de lo que producía antes con lo que los trabajadores pudieron pagar su deuda con el gobierno.

No entiendo por qué los gobiernos actuales no pueden implementar medidas como las que usó La Pira. Obama ha hablado mucho de cambio pero sus políticas son iguales que las de sus antecesores. No hay nada nuevo en la propuesta de rescate que presentó su gobierno. En cambio, una alternativa como la de La Pira ya ha demostrado ser efectiva y beneficiaría a quienes más lo necesitan. Quizá nuestras sociedades estén demasiado casadas con el capitalismo para poder pensar de otra manera, y quizá sea esa la razón de nuestra actual crisis. Los dogmas del libre mercado y de la iniciativa individual nos impiden idear nuevas formas de organización más justas y más benéficas para la sociedad en su conjunto. Bien decía Giorgio La Pira:

“Las raíces últimas de esta crisis, son raíces de pensamiento... Las crisis, antes que económicas y políticas, tienen raíces de ideas...”

jueves, 21 de mayo de 2009

Humanismo: un estilo de vida

En su blog, El Muro de los Siglos, mi buen amigo Mario Fernández toca un punto fundamental, pero que pocas veces recordamos, acerca del humanismo: que éste es un estilo de vida. No es sólo una ideología que esgrimamos para poder acceder al poder (aunque muchos lo hagan) ya que trasciende la política. No se trata únicamente de una serie de principios que buscamos llevar a la vida pública, sino que son una serie de principios que deben regir nuestras vidas en todos sus facetas.

En el centro mismo del Humanismo Trascendente está el respeto irrestricto a la dignidad de la Persona Humana (de ahí el nombre de humanismo). Esto implica que todo ser humano, sin importar su condición social, económica, su sexo o su religión, debe ser, siguiendo la máxima kantiana, un fin en sí mismo y nunca un medio. Como consecuencia lógica, se sigue que un humanista no debe pisotear la dignidad de otro ser humano en ninguna actividad de su vida, tanto pública como privada. Muchas veces creemos que para respetar la dignidad humana basta con no hacer el mal a los demás, o no hacer algo que los lastime o no hacer nada que ellos no permitan. Sin embargo, la dignidad humana exige mucho más que eso. Exige que busquemos el bien del otro. No basta con una actitud pasiva de no hacer el mal, sino que demanda una actitud activa de hacer el bien.

En esa confusión está, a mi parecer, la causa de que tantos “humanistas” caigan en acciones opuestas al humanismo. Un caso muy común con el que me he topado es el de la asistencia de personas identificadas con el humanismo a los famosos table dance. Este es un ejemplo perfecto para describir la diferencia entre el humanismo light de “no hacer el mal” y el humanismo auténtico de buscar el bien del otro.

Si partimos del supuesto de que para respetar la dignidad humana basta con no hacer daño o no hacer nada que no quiera la otra persona, entonces, efectivamente, acudir a estos lugares no sería, al menos en teoría, contrario al humanismo. Por lo general se argumenta que las mujeres que trabajan ahí lo hacen porque quieren y que, al final del día, no se les puede hacer nada que ellas no quieran. Sin embargo, como aclaré más arriba, esto no es suficiente para respetar la dignidad humana.

En primer lugar, estos lugares denigran al ser humano, particularmente a las mujeres que ahí “trabajan”, porque éstas son usadas como medios para satisfacer una necesidad. Es decir, los hombres que van ahí no ven en las bailarinas un fin en sí mismo, sino un medio para desahogar sus impulsos sexuales. Por tanto, están usando y, en consecuencia, denigrando a estas mujeres, lo cual atenta claramente contra el humanismo.

Además, es sabido que en estos lugares “laboran”, la mayor parte de las veces, mujeres que llegaron ahí a través de redes de trata de personas y que son explotadas por sus patrones para obtener dinero. En pocas palabras, se les usa para obtener tanto placer como dinero, lo cual, repito, va contra los principios humanistas. Esto sin mencionar que muchas veces llegan privadas de su libertad, en condiciones inhumanas y sin la posibilidad de regresar a sus hogares, lo cual no sólo va contra el humanismo sino contra cualquier sentido de humanidad.

Ahora bien, no sólo las mujeres son las denigradas en estos lugares, sino los mismos hombres que asisten a ellos. Los dueños de estos establecimientos están denigrando a sus clientes al fomentar que se dejen llevar por sus más bajos impulsos. Los están usando para ganar dinero.

Este es sólo un ejemplo de cómo el humanismo es mucho más demandante de lo que muchos creen. En términos iguales podemos hablar de la economía, de las relaciones personales, de la política, etc. y demostrar que, en todas ellas, el humanismo exige lo más noble y más elevado de los seres humanos para con sus semejantes.

Es terrible ver cómo el humanismo es malinterpretado por muchos porque entonces se convierte en un sinsentido que, por lo mismo de parecer un absurdo, deja de ser atractivo para tantas personas. Es terrible porque el único camino para que el ser humano se desarrolle plenamente, se convierte entonces en un camino que no lleva a nada y que, por tanto, no vale la pena recorrer.