domingo, 7 de febrero de 2010

Lo que dice una mirada / What a look can say

Hay muchas cosas que se pueden ver en los ojos de una persona pues los ojos son la ventana del alma. Aquellos que están mintiendo o que están haciendo algo que no deberían, evitan hacer contacto visual con los demás para mantener sus intenciones en secreto. De la misma forma, alguien que está avergonzado instintivamente baja la mirada como si ello le permitiera esconderse de los que le rodean. Por otro lado, aquél que es honesto y transparente mantiene la mirada y no rehuye del contacto visual puesto que no tiene nada que ocultar. Con suficiente experiencia, uno es capaz de ver el “corazón” de otros a través de sus ojos, aunque sólo lo revelen por un instante.

Sostener que una simple mirada tiene mucho que ver con los muchos y graves problemas de nuestros tiempos podrá parecer una exageración, sobre todo porque el mundo moderno está enfermo de megalomanía y tiende a descartar las cosas que parecen pequeñas e insignificantes. Sin embargo, la suma de estos detalles pequeños e insignificantes es la que hace una gran diferencia, igual que una obra maestra en arte nace cuando se cuidan hasta los detalles más imperceptibles. Así ocurre porque los detalles generalmente apuntan hacia algo más: hacia una actitud. Un hombre que hace su trabajo sin cuidar los detalles está mostrando no tener un auténtico interés en su trabajo, aún cuando haga todo lo que se pide de él. Con eso en mente, uno puede ver cómo una simple acción, una mirada, es de gran importancia pues refleja una actitud interna del hombre hacia algo.

Esto es exactamente lo que Juan Pablo II busca dejar en claro cuando insiste en la importancia de las palabras de Cristo: “Quien mira a una mujer con malos deseos, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt. 5:28). La gravedad de esta mirada cargada de lujuria no viene de la acción física sino de la intención del que la sostiene. Alguno podrá argumentar que eso sigue siendo una exageración porque, al final del día, el hecho de que un hombre vea a una mujer de esta forma no la afecta a ella pues todo sucede en la imaginación del hombre y no en la realidad. Sin embargo, al mirar a una mujer de tal manera, un hombre la está objetificando en su mente, con lo que su concepto mismo de lo que una mujer es se corrompe. Al suceder esto, lo más lógico es que proceda a tratarla como un objeto. Por ello es natural que una mujer sienta asco y vergüenza ante este tipo de miradas.

Algunas mujeres creen que no deberían de avergonzarse ante estas miradas y que simplemente deberían de ignorarlas, como si la vergüenza fuera algo negativo. Por ende, creen que si un hombre las ve de forma libidinosa entonces es problema de ese hombre y no suyo. Algunas usan esto como una justificación para vestir de forma poco pudorosa. La verdad es que tanto la vergüenza como el pudor son algo que trasciende la mojigatería. La vergüenza es un mecanismo de defensa que protege a la persona de ser vista y tratada como un objeto. Es una reacción natural contra el intento de ser reducida a un objeto. El pudor es el medio por el cual este mecanismo de defensa actúa. Es más que un intento por ocultar partes de nuestro cuerpo o de pretender hacerlo desaparecer. Se le podría comprender mejor si se le viera como una forma de cubrirnos con un velo. Uno vela algo por reverencia y así, al velar nuestros cuerpos mostramos una profunda reverencia hacia ellos, lo que significa que mostramos gran reverencia a nosotros mismos. Esto es así porque, en la Antropología Cristiana, el ser humano es la unión de cuerpo y alma. Por lo mismo, somos nuestros cuerpos y, al proteger la dignidad de nuestros cuerpos, protegemos nuestra propia dignidad.

Ahora bien, lo dicho respecto a los hombres en relación con las mujeres también aplica en dirección opuesta puesto que las mujeres también pueden ver a los hombres como objetos. En qué manera podrían hacer esto no lo sé, pues no soy mujer (¿quizá en una forma menos física y más emocional?). Aún así, los principios aquí expuestos permanecen y el llamado de Juan Pablo II al corazón (y los ojos) humano va dirigido tanto a hombres como a mujeres.



Many things can be seen in a person's eyes for the eyes are the window to a person's soul. Those who are lying or doing something they should not be doing avoid making eye contact with others as to keep their intentions secret. In a similar fashion, someone who is embarrassed will instinctively look down as if that would allow him to hide from others. On the other hand, you can tell when someone is honest and transparent because that person will not avoid making eye contact and will be capable of maintaining it during a conversation (in a non-creepy way of course). With enough experience, one is capable of seeing people's “hearts” through their eyes, even if they only reveal them for a split second.

To say that a simple glance has much to do with the many problems of our age might seem like an exaggeration, especially because our Modern world is sick with megalomania and tends to disregard those things which seem small and insignificant. However, it is the sum of these small and insignificant details which make a true difference, just like an art masterpiece is made by taking care of even the most imperceptible of details. They do so because details point to something else, to something beyond themselves, to an attitude. A person that does his work without attention to details is showing that he does not really care about it, even when he does everything he was told to do. With that in mind, one can see that this simple action, a look, is of great importance because it reflects an internal attitude of Man towards something.

This is exactly what John Paul II aims at making clear when he insists on the importance of Christ's statement that “Whoever looks at a woman to desire her has already committed adultery with her in his heart” (Mt. 5:28). The gravity of this lustful look does not come from the physical action itself, but rather from the intention of he who gives it. Someone might argue that this is still an exaggeration because, in the end, the fact that a man looks at a woman in a lustful way does not affect her, since all this happens in a man's imagination and not in reality. However, by looking at a woman in that way, a man is already objectifying her in his mind, his very concept of what a woman is is thus corrupted. By doing so, he will, consequently, treat her as an object. So it is just natural for women to feel disgusted and ashamed because of these looks.

Some women think that they should not feel ashamed by these looks and that they should just ignore them, as if shame were a negative feeling. Hence, they believe that if a man looks at them in a reductive way it is “his problem” and not theirs. Some use this as a justification for dressing immodestly. The reality is that shame, as well as modesty, are more than mere prudishness. Shame is a defense mechanism that protects a person from being seen (and treated) as an object by others. It is a natural reaction against being reduced to an object. Modesty is the means through which this defense mechanism acts. Modesty is more than just trying to hide parts of our bodies or pretending to make our bodies disappear, it can be better understood as a veiling of ourselves. Things are veiled out of reverence, and in that way our bodies are veiled as a sign of reverence towards them, which means that we have reverence towards ourselves as a whole. This is so because, according to Christian anthropology, we, as human beings, are a union of the body and the soul. Therefore, we are our bodies, and, by protecting the dignity of our bodies we protect our own dignity.

Now, what I said about men in relation to women, also applies in the opposite direction because women are also capable of seeing men as simple objects. In which way they could do this I do not know because I am not a woman (perhaps in a less physical and more emotional way?). Yet, the principles remain the same and John Paul II is addressing this appeal to the human heart (and eyes) not only to men, but also to women.

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