domingo, 2 de mayo de 2010

Cristo desfigurado / Disfigured Christ

Jason es uno de los residentes de Faith Centre. No sé cuántos años tenga, aunque por su aspecto, diría que es un adolescente. No conozco su historia personal pues no puede hablar. Sólo trabajé con él por un rato en los dos días que estuve en Faith Centre pero esa experiencia fue para mi la más significativa de todo el viaje. Nuestro primer encuentro ocurrió de esta manera: entramos al área común para ayudar a los residentes a vestirse para ir a Misa y estábamos aterrorizados por el estado de muchos de los residentes. El grado de deformidades físicas y de discapacidad mental que poseen es algo que no habíamos visto jamás. Sólo lo había visto en la televisión o en los periódicos, donde no pasaba de ser algo lejano y ajeno a mí. Pero ahora era mi realidad. Veía a cada uno de los residentes, asustado por toda aquella gente que estaba caminando hacia nosotros con una corbata, una camisa o incluso unos pantalones y jalándonos del brazo para que los ayudáramos. Entonces vi a Jason. Las deformidades de todos los demás residentes se volvieron insignificantes porque la suya era la peor. No sé a ciencia cierta lo que tenga, pero supongo que es un tumor en la cara. Hay una gran masa que le crece debajo de la piel, transformando el lado izquierdo de su rostro en una gran protuberancia. Apenas puede abrir uno de sus ojos debido a ello. Su nariz ya no apunta hacia al frente, sino hacia un lado. Su boca forma un ángulo casi recto haciéndole imposible el hablar y muy difícil el comer. Hay momentos en que no parece humano.

Yo lo quería evitar. Lo encontraba repulsivo y, siendo honesto, me daba miedo siquiera mirarlo. Fue un gran alivio cuando alguien más lo ayudó a ponerse una camisa y una corbata. Estaba agradecido de que ese primer día no tuve que estar muy cerca de él y cada vez que se me acercaba intentaba mirar a otro lado. A pesar de ello, la imagen de su cara ya había quedado grabada en mi mente. Me sentía incapaz de ayudarlo, aún cuando me lo pidieran. Parecía ser más de lo que podría soportar. El hecho de que su cara, esa parte de nuestra anatomía que mejor comunica nuestra esencia humana, estuviera tan deformada, me impedía ver en él esa humanidad. Debido a ello, pensé que jamás podría servirlo. Creo que todos tuvimos sentimientos semejantes la primera vez que estuvimos ahí.

Al siguiente día me enviaron de vuelta a Faith Centre. Logré mantenerme alejado de Jason durante la mañana. A la hora de la comida, nos enviaron a darles de comer a algunos residentes que son incapaces de comer por sí solos. No me preocupé por Jason porque supuse que podía alimentarse él mismo. Mientras estaba ayudando a uno de los residentes, sentí que me jalaban del brazo, intentando atraer mi atención. Volteé y me encontré con Jesse, un residente que ayuda a los hermanos a organizar la casa. Trajo a Jason del brazo, lo sentó y me dijo que necesitaba que le dieran de comer. Por un instante dudé y no supe qué hacer. Quería huir de ahí. Lo único que me mantuvo ahí fue algo que los hermanos nos habían comentado la noche anterior. Nos habían dicho que lo único que los motivaba a seguir con su trabajo era saber que al servir a esta gente servían a Cristo mismo. Que podían “ver” a Cristo en todos los residentes. Este era, para mí, el momento de la verdad. El propósito de este viaje era precisamente servir a Cristo en los rechazados y aquí estaba mi oportunidad. Sin embargo, en esos instantes me preguntaba, ¿cómo puedes ver a Cristo en alguien que ni siquiera parece humano? ¿Cómo lo puedes encontrar en alguien que está tan deforme que parece un monstruo?

La respuesta la encontré en el corazón de la espiritualidad de los Misioneros de los Pobres: “Servicio alegre con Cristo en la Cruz”. Ahí estaba la respuesta: en la Cruz. Ahí es donde Cristo estuvo desfigurado al punto de no ser reconocible. De Él se dijo: “Así como muchos quedaron espantados al verlo, pues estaba tan desfigurado, que ya no parecía un ser humano” (Isaías 52: 14), y: “No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él, y su apariencia no era como para cautivarnos. Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara...” (Isaías 53: 2-3) Mientras el eco de estos versos se desvanecía de mi cabeza, la repulsión y el asco desaparecieron. Lo pude mirar a los ojos y sonreír. Y el me sonrió de regreso. Le di de comer y ni la deformidad de su lengua, ni los dientes desalineados, ni cualquier otro aspecto físico me importó más. A partir de ese momento, hubo una especie de conexión entre los dos. Después de la comida me estuvo acompañando de un lugar a otro.

A las tres, sonó la campana que indica el fin de la jornada de trabajo y que el camión vendría pronto a recogernos, por lo que me dirigí hacia la entrada. Jason caminó junto a mí, me tomó de la mano y se sentó a mi lado. Mientras esperábamos, se rió varias veces de las cosas que yo les decía a otros residentes. El sonido que salía de su boca era tan extraño que me tomó un rato reconocerlo como risa. Una vez que lo hice, me trajo a la memoria algo que había aprendido hace mucho tiempo: que cuando los teólogos y misioneros discutían si los nativos de América tenían un alma o no (y, por tanto, si eran seres humanos que no debían ser esclavizados) se determinó que sí la poseían pues se reían y la risa es algo exclusivo de los seres humanos. De la misma manera, la risa de Jason, por muy anormal que sonara, me demostró que él es tan humano como yo. Es tan humano como la gente más bella y “perfecta” (físicamente hablando). Hizo, además, algo que yo nunca podría hacer por él: quitó el velo que cubría mis ojos para que pudiera descubrir a Cristo.

Antes de salir de Faith Centre, le di un abrazo. Algo en sus ojos me decía que nuestra presencia ahí lo había hecho muy feliz. Tuve que contenerme para no llorar mientras me subía a la parte trasera del camión y en todo el trayecto de regreso al monasterio. Sé que los demás tuvieron experiencias semejantes. No me asignaron a Faith Centre otra vez, pero cada vez que íbamos a recoger gente, Jason corría a la puerta y me saludaba. 





Jason is a resident at Faith Centre. I do not know how old he is; though by the look of him I would say he is in his teens. I do not know his story either because he cannot speak. I only worked with him for a little while in the two days I was at Faith Centre but that experience was the most significant for me during the whole trip. Our first encounter occurred in this manner: we were walking into the common area to help dress the residents for Mass, shocked at the state in which many of the residents were. Their level of deformities and mental illness was something most of us had never seen. I had only seen it on a television screen or in pictures in a newspaper and where it seemed like something distant that had nothing to do with me. But now it was my reality. I was looking around at every single resident there, scared at all these people who were walking towards us holding out a tie, or a shirt or even some pants and pulling us by the arm to help them. Then I saw Jason. All the deformities other residents had became insignificant at the sight of his because his was the worst. I do not know exactly what he has but it seems to be a tumor on his face. There is a huge mass growing underneath his skin, turning the left side of his face into a huge protuberance. He can hardly open his eye because of it. His nose no longer points forward, but towards the right. His mouth is angled at the middle making it impossible for him to talk, and very difficult for him to eat. At moments he does not even look human.

I wanted to avoid him. He seemed repulsive to me and, to be honest, the very sight of him frightened me. I sighed in relief when someone else helped him put on a shirt and tie and I was glad that that first day I did not have to be very close to him. I would try to look away when he came near. Yet, the image of his face had already been embedded into my mind. I felt like I would be unable to help him with anything even if I was asked to. It seemed to be more than I could bear. The fact that his face, that part of our anatomy that better communicates our human essence, was so deformed, impeded me from “seeing” his humanity. Because of that, I thought I would be incapable of serving him. These kinds of feelings were common to all of us who were there for the first time.

The next day I was sent back to Faith Centre. I managed to stay away from Jason throughout the morning. At lunch, we were sent to feed some of the residents who are incapable of eating by themselves. I did not worry about Jason because he seemed capable of doing it without any help. As I was feeding a man, someone pulled my arm, trying to get my attention. I turned around to find that it was Jesse, one of the residents who helps keep the place in order. He pulled Jason next to him, sat him down and told me that he needed to be fed. I hesitated and did not know what to do. I wanted to run away. Only remembering what some of the brothers had told us about working with these people managed to keep me there. They had said that their daily motivation is the knowledge that by serving these people they are serving Christ Himself. They can “see” Christ in all the residents. This was the moment of truth. The whole purpose of me going on this trip was to love Christ in the rejected and here was my golden opportunity. But how can you see Christ in someone who does not even look like a man? How can you find Him in someone who is so deformed as to seem a monster in your eyes?

I found the answer at the very heart of the spirituality of the Missionaries of the Poor: “Joyful service with Christ on the Cross”. The answer was right there: on the Cross. That is where Christ was disfigured beyond recognition. It was said of Him: “Even as many were amazed at him – so marred was his look beyond that of man, and his appearance beyond that of mortals –“ (Isaiah 52: 14), and: “There was in him no stately bearing to make us look at him, nor appearance that would attract us to him. He was spurned and avoided by men, a man of suffering, accustomed to infirmity, one of those from whom men hide their faces…” (Isaiah 53: 2-3) As the echo of these verses faded away in my head, the repulsion and the disgust disappeared. I was then able to look him in the eyes and smile. And he smiled back. I fed him and not even the deformity of his tongue nor the missing teeth nor any physical aspect of him seemed to matter anymore. There was a connection between us from that moment on. He hung out with me after lunch and would follow me around.

At three, the bell rang, telling us that our work day was over and that the truck would come to pick us up soon, so I headed towards the gate. Jason walked with me, grabbed my hand and sat down at my side. While waiting, he laughed several times at stuff I said to other residents. The sound that came out of his mouth was so abnormal that at first I could not recognize it as laughter. Once I did, it reminded me of something I had learned of a long time ago: that when theologians and missionaries were discussing whether the natives of the newly discovered lands of America had a soul or not (hence, making them humans whom should not be enslaved), it was determined that they did because they could laugh and laughter is something exclusive to human beings. In the same way, Jason’s laughter, however strange it sounded as it came out, showed me that he is as human as I am. He is as human as the most beautiful and “perfect” (physically speaking) people. He also did something for me that I could never do for him: he took the veil off of my eyes so I could discover Christ.

Before walking out of Faith Centre, I gave him a hug. Something in his eyes told me that our presence there had made him extremely happy. I had to hold the tears back as I got onto the back of the truck and during the whole trip to the monastery. I was not sent back to Faith Centre, but every time we went there to pick people up, Jason would come up to the gate and wave at me. I would wave back.

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