domingo, 7 de septiembre de 2008

Inquisición sobre la Inquisición

Me parece excelente que, publico una entrada y empieza la polémica. Ese es el objetivo de este blog. Como respuesta a mi entrada de ayer, recibí un comentario que dio origen a esta nueva entrada. Otros puntos acerca de ese comentario serán tratados en un futuro cercano, por ahora me enfocaré en uno muy interesante.

Nuevamente tomé el título de la obra de otro autor (reconozco ser poco original con los títulos): un ensayo de Alfonso Junco. Así, me propongo discutir un tema siempre controversial como lo fue la Santa Inquisición. Cuando hablo de la Inquisición, me refiero, claro está, a la Inquisición Española, es decir, la versión más “cruel”, “sanguinaria” e “inhumana” de las que existieron. Pretendo con estas líneas desmentir algunos de los mitos que existen en torno a esta temible institución, considerada símbolo de la barbarie.

Antes de empezar, quiero aclarar que no considero que la Inquisición fuera buena o que debería de reinstituirse (lejos de mí semejante idea). Sin embargo, me parece que es una cuestión de justicia histórica aclarar cómo fue en realidad y tratar de entender el fenómeno desde los ojos de los que lo vivieron.

No podemos juzgar a gente de otras épocas con las ideas de la nuestra. Lo primero que debemos hacer es situarnos en el contexto histórico y cultural en que surgió y tuvo su apogeo la Inquisición. La Inquisición como tal surgió a fines del siglo XV. En España, los Reyes Católicos lograron finalmente terminar la Reconquista (1492). El siguiente paso lógico que debían seguir era unificar al país, un país diverso en todos los aspectos: cultural, racial, de idiomas y religioso. Sabiendo que no podrían conciliar las distintas nacionalidades que existían (es fecha que no se ha logrado) optaron por una unificación religiosa. Esta fue la razón por la que los Reyes Católicos decretaron la expulsión de los musulmanes y los judíos. Para detener a los “falsos conversos”, que eran particularmente subversivos contra el Estado, nació la Inquisición.

Aquí conviene recalcar que una característica propia de la época era que no existía lo que hoy llamamos “separación de la Iglesia y el Estado”. Sin embargo, esta relación no era como nos la pintan (la Iglesia tomando todas las decisiones importantes del gobierno, eliminando a sus enemigos haciendo uso de los poderes del Estado, etc.) En realidad, el conflicto que existía desde la Edad Media (llamado el Conflicto de las Investiduras) consistía en que el Estado tenía demasiado dominio sobre la Iglesia. En el caso específico de España, existía el llamado Patronato o Patronazgo que permitía a los reyes prácticamente poner y quitar obispos, párrocos e intervenir directamente en las decisiones de la Iglesia (por ello, la separación de la Iglesia y el Estado ha sido más benéfica para la Iglesia que para el Estado), así como cobrar el diezmo. Este fenómeno, con diferentes matices, se daba en toda Europa.

En la segunda mitad del siglo XVI, tuvo lugar, en Alemania, la Reforma Protestante. Su triunfo en ese y en otros países se debió en gran parte a factores políticos o de capricho de los gobernantes (el caso de Inglaterra es clarísimo). Recordemos que la religión era una parte fundamental del Estado y, por lo tanto, un cambio en la religión implicaba importantes cambios políticos. Como resultado de esta Reforma, surgieron enfrentamientos muy violentos en países como Francia, Alemania y los Países Bajos. En Francia, por ejemplo, la situación llegó a ser una guerra civil. Para evitar que esto ocurriera, los distintos países procedieron a prohibir las religiones “contrarias” en sus territorios. En España, pues, la Santa Inquisición se dedicó a defender la integridad de la doctrina católica.

Procedamos ahora a hablar propiamente del actuar de este tribunal. Aquí me gustaría citar directamente a aquél de quien tomé el título de esta entrada:

“¿Usted cree que la Inquisición obligaba a las gentes a hacerse católicas? Es como si usted creyera que México obliga a los extranjeros a hacerse mexicanos. México sólo obliga al mexicano a que no sea traidor a la patria. Y gravísimamente castiga –como todas las naciones y con aplauso unánime‒ ese delito.
“Así la Inquisición –tribunal con jueces eclesiásticos y sanciones civiles‒ obligaba al católico a no ser traidor a su religión. En ella se veía el nervio y la médula de la patria. Todo el mundo estaba entonces de acuerdo en que se castigara la traición a la religión como un enorme delito.
“¿Eran horribles los tormentos inquisitoriales? Sí, eran horribles. Pero muchísimo menos horribles que los usados por todos los demás tribunales de su tiempo… Cuando la tortura era práctica universal, la Inquisición la usó con más moderación que nadie. Y la Inquisición fue el primer tribunal del mundo que abolió de hecho la tortura…”

¿La Inquisición abolió la tortura? Sí. Y, ¿qué tal los miles de herejes e indígenas que murieron quemados en la hoguera? Resulta que, en casi 300 años de existencia de la Inquisición en México, sólo fueron ejecutadas 43 personas. Ahí no para la cosa, resulta también que la Inquisición no tenía jurisdicción sobre los indígenas, es decir, no podían ser juzgados por este tribunal. No busco con esto afirmar que la Inquisición era la versión antigua de las hermanas de la Caridad, pero no era como nos han dicho.

Regresemos al tema tan polémico de la tortura. No me queda duda (ni pretendo negar) de que la Inquisición recurriera a ella con frecuencia. Sin embargo, la principal diferencia que existía entre la Inquisición y los tribunales civiles de los demás países radicaba en que, en el caso de la Inquisición, la tortura estaba regulada y por lo tanto, limitada. Efectivamente, existían reglamentos que señalaban no sólo cómo debía ejecutarse la tortura de la forma menos cruel posible, sino que la limitaban. Por ejemplo, en las Instrucciones de Valencia de 1561 se prohibía expresamente hacer uso de carbones encendidos; también se prohibía que la tortura durara más de una hora y no podía repetirse. La mayor parte de las veces, no se llegaba a aplicar, sino que sólo se amenazaba con ella al acusado. Incluso las ejecuciones se intentaban realizar de la forma menos cruel posible. Aquellos que eran condenados a la hoguera no morían quemados (excepto los casos más extremos) sino que eran rápidamente estrangulados y, una vez muertos eran quemados. También es importante señalar que todos los castigos que impartía la Inquisición se realizaban bajo supervisión oficial y todo detalle del proceso (desde el juicio hasta el castigo) quedaba registrado. Es decir, había todo un sistema judicial que hasta cierto punto “protegía” a los acusados. En cambio, en otros países (nuevamente cito el ejemplo de Inglaterra) esto no sucedía y la tortura se efectuaba sin limitaciones y sin supervisión.

Los juicios que llevaba a cabo el Santo Oficio eran también “ejemplares” comparados con los que se llevaban a cabo por otros tribunales. Por ejemplo, cuando se acusaba a algún individuo, se le pedía que escribiera una lista de aquellas personas con las cuales tenía problemas, de forma que, si esas personas atestiguaban en su contra, se desechaba su testimonio. Otra mentira que se ha repetido durante siglos se refiere a las condiciones de las cárceles de la Inquisición. No eran las terribles mazmorras donde los presos vivían en peores condiciones que las ratas. Todo lo contrario, comparadas con las cárceles civiles, las de la Inquisición eran infinitamente mejores aunque, cabe aclarar, tampoco eran el paraíso.

Entonces, ¿por qué nos han llegado tan terribles testimonios acerca de la Inquisición? ¿Por qué tantos escritos narran las inhumanas prácticas que llevaba a cabo? La gran mayoría de éstos fueron parte de una campaña de propaganda de guerra. Recordemos que durante el siglo XVI y XVII, España se encontraba en constante conflicto con Inglaterra. No había mejor forma de desprestigiar a España (y de paso a la Iglesia Católica) que exagerando las crueldades que se cometían ahí. Era parecida a la mentira que circulaba durante la Primera Guerra Mundial de que los alemanes se comían a los bebés. La mejor manera de motivar a tu pueblo a odiar a otro es pintándolo como un pueblo inhumano, sanguinario y dispuesto a matar a todo el mundo.
Aquél que esté interesado en leer un poco más al respecto, puede leer “La Leyenda Negra en Inglaterra” de William S. Maltby, editado por el Fondo de Cultura Económica. El libro hace referencias a los principales documentos que hablan de la Inquisición y explica no sólo su origen, sino el contexto en que fueron escritos. También desmiente muchos de los mitos que giran en torno a la Inquisición.

Dejé fuera muchos puntos interesantes por cuestiones de espacio, pero creo que con esto se distingue un panorama bastante distinto del que siempre hemos conocido. Por lo menos, espero despertar en ustedes un poco de interés por investigar más a fondo cómo fue la Inquisición en realidad.

Para concluir, no niego que el Santo Oficio fuera una institución cruel y que cometiera muchos atropellos y excesos. Aún así, fue bastante moderada comparada con las que existían en su época. Las mentiras que nos han llegado acerca de ella son producto de viejos conflictos ya superados. Creo que es momento de que se investigue, de forma seria y sin sesgos ideológicos o religiosos todo lo que sucedió en realidad y que se le enseñe a las nuevas generaciones. Los primeros pasos ya se han dado: Juan Pablo II pidió perdón por los abusos cometidos y el Vaticano publicó hace poco varios volúmenes que contienen la historia de este tribunal, basado en los documentos que aún se preservan (y que son muchos).

Quisiera cerrar con un comentario que hizo Felipe II en una carta, después de que se le acusara de querer introducir la Inquisición española en los Países Bajos. Negando los hechos afirma que eso es completamente irrazonable “porque la que usan allí es más severa que la de aquí.”

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