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domingo, 6 de septiembre de 2009

Las diferencias entre las derechas cristianas

Siempre he pensado que intentar clasificar las distintas tendencias políticas en “izquierdas y derechas” o en “conservadores y liberales” es una simplificación exagerada de la realidad. Esta clasificación generalmente está basada en cosas tan superficiales como “libre mercado contra intervención estatal”, por lo que llega a juntar en una misma categoría a formas de pensamiento político completamente dispares.

Esto se hace evidente no solo en aquellos casos en que los liberales resultan más conservadores que los conservadores o cuando la izquierda se adueña de las ideas de la derecha (sobra decir que cambiándolas al punto de echarlas a perder…) sino en un caso muy particular y en el que pocos de los expertos políticos han reparado: el de las “derechas” cristianas.

El agrupar a todas las formas de política cristiana en una misma categoría parece algo evidente, pero ello implicaría un muy grave error. Tan grave como equiparar el pensamiento de Lutero con el del Papa. Existen diferencias abismales entre el pensamiento político católico y el pensamiento político protestante. Está de más decir que el rompimiento del Protestantismo con el Catolicismo no fue un rompimiento meramente externo: fue un cambio profundo (y yo añadiría: un retroceso) incluso en la forma de entender al ser humano. Como ya he afirmado en otras ocasiones: un cambio en la concepción antropológica lleva a cambios en todo lo demás, especialmente en las cuestiones políticas y sociales.

Por ello, la posición política de los católicos en Estados Unidos nunca ha sido bien entendida por el resto de la población. Les parece contradictorio que sean “liberales” en lo económico pero “conservadores” en lo social. Hasta hace unos años, el electorado católico se inclinaba definitivamente por el partido demócrata. Hoy, a causa de la postura de ese partido en temas como el aborto, la eutanasia y el matrimonio entre homosexuales, ese mismo electorado se ha dividido. Aún así, el voto católico no encaja realmente en los ideales de ninguno de los dos partidos. Ni siquiera con el partido republicano, el cual tiene el monopolio sobre el “voto cristiano”. La pregunta es: ¿por qué?

La clave está, como mencioné más arriba, en las diferencias del concepto de ser humano que tienen el Catolicismo y el Protestantismo.

El Protestantismo es, por su misma naturaleza, individualista. Los dos pilares sobre los que Lutero fundó su movimiento así lo demuestran. El Sola Fides (creencia de que sólo basta creer en Jesucristo para ser salvado, sin necesidad de buenas obras) y Sola Scriptura (creencia de que la Biblia es la única fuente de revelación y que, por lo tanto, su interpretación es accesible a cualquiera) prácticamente permiten que un individuo se salve sin la necesidad de los demás.

En el Catolicismo, en cambio, no se puede entender a la persona sin la comunidad. Ideas como la Comunidad de los Santos, la salvación a través del amor al prójimo y la idea misma de “Iglesia” (proveniente de la palabra griega ekklesía, es decir, asamblea) como unión de todos los fieles en el Cuerpo místico de Cristo, apuntan a la necesidad del otro para poder alcanzar la salvación. Para el católico, nadie se puede salvar solo.

Con estas diferencias en mente, es fácil entender la divergencia de las posturas políticas. El protestante cree sobre todo en el mérito individual y, en sus ramas calvinistas, en que los pobres son pobres por maldición de Dios. El protestantismo exalta la iniciativa individual y encontró en el capitalismo su máxima expresión económica. El individuo es el centro de su política, el gobierno y la sociedad deben supeditarse a él. Se trata, pues, de una estructura jerárquica rígida en las relaciones entre niveles deben quedar reducidas a un mínimo.

El catolicismo encuentra su expresión económica en la responsabilidad social, la economía social de mercado y en la protección de los desamparados. Entiende al ser humano como un ser social. El individuo está inmerso en la sociedad y, por tanto, todo lo que hace (incluso en el ámbito privado) tiene una repercusión social. La estructura social no es jerárquica sino orgánica, donde las relaciones entre niveles deben estar reguladas por el principio de la subsidiariedad (esto da suficiente material para otra ocasión).

Aunque en muchos temas ambas posturas convergen, en el fondo son muy distintas. Tan distintas como las diferencias entre las religiones.


The differences among the Christian Right

I’ve always thought that trying to classify different political tendencies into “left and right” or “conservatives and liberals” is an oversimplification of reality. This classification is usually based on things as irrelevant as “free market versus state intervention” or other similar trivialities. As a consequence, most of the time, radically distinct political views are grouped into one same category.

This becomes evident not only in those cases in which liberals turn out to be more conservative than conservatives or when the left steals ideas from the right (completely messing them up), but especially in one case which political pundits rarely (if ever) talk about: that of the Christian right.

Grouping all forms of Christian politics seems something evident, but it implies quite a big mistake. A mistake as big as equaling the ideas of Luther to those of the Pope. There are abysmal differences between Catholic political thought and Protestant political thought. The fracture between Catholicism and Protestantism was more than a merely external rupture: it contained a deep break that changed the very way in which people understood man. As I’ve said in other occasions, a change in anthropological understanding brings with it a change in everything else, including social and political issues.

For that very reason, the political stance of Catholics in the U.S. is so often misunderstood. To many people it might seem contradictory to be economically “liberal” and socially “conservative”. Until some years ago, most of the Catholic vote would go to the Democrat party. Today, because of the Democrat position on issues such as abortion and gay rights, that electorate has become divided. Nonetheless, the Catholic vote doesn’t really “fit” in any of both parties’ ideals. Not even with the Republican Party which holds the monopoly on the “Christian vote”. Why is that so?

The answer to this question lies in what I said before: the differences in the understanding of what man is.

Protestantism is, by its very nature, individualistic. The two pillars on which Luther started his movement are a proof of this. Sola Fides and Sola Scriptura practically allow a person to be saved with no need of anybody else.

Catholicism, on the other hand, cannot understand the person without the community. Ideas such as the Communion of Saints, salvation through love of others and the very idea of “Church” as the community of faithful united in Christ’s Body, point to the need of others to be saved. For a catholic, nobody can be saved just by himself.

With these differences in mind, it’s easy to understand the divergence in political positions. A protestant believes, above all, in individual merit and, in its Calvinist branches, in the poor being poor because a sort of curse from God. Protestantism exalts individual initiative and found in Capitalism its maximum economical expression. That way, the individual becomes the center of all politics. Government and society are not more than necessary evils which must submit to the individual. That way, the social structure becomes a rigid hierarchy where contact between different levels must be reduced to a minimum.

Catholicism finds its economical expression in social responsibility, such as the social market economy and in helping the weakest members of society. It understands the human being as a social being. The individual is immersed in society and, therefore, anything he does (even in privacy) has a social repercussion. The social structure is not hierarchic but organic and relationships between levels must be regulated by the principle of subsidiarity (more on that on some other post).

Though both positions meet on certain issues, they are profoundly different. As different as the differences between religions.

lunes, 15 de junio de 2009

No todos los políticos son nefastos

El hombre no puede separarse de Dios, ni la política de la moralidad.
Juan Pablo II

Aunque muchas veces creamos lo contrario (y muchos parezcan demostrarlo), no todos los políticos son nefastos. O, por lo menos, no todos los políticos que han existido han sido nefastos. A lo largo de la historia ha habido ejemplos de políticos realmente preocupados por el Bien Común, políticos que han entregado su vida (algunos literalmente) al servicio de los demás y éstos son los que han cambiado al mundo, aunque luego el mundo los olvide.

En todas las escuelas de ciencia política se estudia a Maquiavelo y a otros “grandes” personajes de la política y, sin embargo, nunca se estudia a los humanistas demócrata-cristianos, a pesar de que fueron estos políticos los que reconstruyeron Europa después de la Segunda Guerra Mundial. No sólo eso, sino que fueron políticos que ejercieron su labor pública de forma ejemplar, con una profunda preocupación por los más necesitados y, además, con gran éxito.

El desconocimiento que tenemos de estos hombres quizá se deba a que, a diferencia de otros, nunca tuvieron aspiraciones de grandeza ni buscaban su propia exaltación. Nunca se mandaron construir arcos triunfales ni tenían sus propios programas de televisión o radio para que el pueblo estuviera constantemente escuchando lo bueno que eran sus dirigentes. Simple y sencillamente hicieron bien su trabajo.

El secreto de estos extraordinarios políticos radica en que siempre supieron darle su lugar a las cosas. Es decir, tenían muy clara su jerarquía de valores y actuaban en congruencia con ella. Así, por ejemplo, supieron poner al Estado al servicio de las personas, sin caer en paternalismos; supieron poner el anhelo de paz por encima del orgullo nacionalista y, más importante aún, supieron poner el interés nacional por encima de su interés personal. De esa forma, personajes como Adenauer, Schuman o De Gasperi, vivieron de forma austera a pesar de ser los hombres más importantes y poderosos de sus respectivos países. No se enriquecieron a costa del erario público.

Su estilo de vida nos sorprende, sobre todo cuando lo comparamos con el que llevan nuestros políticos. Una reflexión profunda acerca de sus vidas nos lleva a la inevitable conclusión de que sólo pudieron resistir las tentaciones del dinero y del poder, por su profundo amor a la pobreza y a la humildad. Concluimos que sólo puede ser un buen gobernante aquél que ve en la política una forma de servicio a los demás, es decir, una forma de entrega, de sacrificio y de renuncia. Sólo puede ser buen gobernante aquél que deja sus propios afanes de gloria y de riqueza a un lado y abraza la humildad y la sencillez.

Mucho más se podría decir de estos grandes hombres, y espero poder hablar de ellos a su tiempo. Por ahora, les dejo una biografía de otro de estos políticos humanistas: Giorgio La Pira. Aunque la edición no es la mejor que se podría tener y los subtítulos dejan mucho que desear, el video nos da una muestra del tipo de hombre que gobernó Florencia en los años 50, que es, sin duda, el tipo de hombre que quisiéramos que nos gobernara en México. Sin embargo, a mí me inquieta la siguiente interrogante: ¿merecemos un político de su talla?




lunes, 3 de noviembre de 2008

El cambio que Estados Unidos realmente necesita

Mañana son las elecciones en Estados Unidos. Muchos las han llamado las elecciones más importantes en su historia (lo mismo dijeron hace 4 años, hace 8 años, hace…). Tanto en México como en el resto del mundo, la gente está emocionada con la posibilidad de que gane Obama y de que traiga un “cambio” a Washington. En todos lados (incluido Estados Unidos) lo ven como el “salvador” y un baluarte de esperanza. Yo no estoy tan entusiasmado. En su campaña ha mostrado más de una vez que no representa un cambio real. No dudo que logre cambios en Estados Unidos pero el cambio en sí no es necesariamente bueno. A mi parecer, el cambio que Estados Unidos necesita no lo pueden lograr ni el partido Demócrata ni el partido Republicano. Se necesita una tercera opción.

Esta opción debe buscar ante todo el Bien Común y debe fundamentarse en el respeto a la Dignidad de la Persona Humana. En la elección actual, el tema de la economía se ha convertido en el tema central. No me cabe duda alguna de que la economía es crucial para que se alcance el Bien Común y para que las personas puedan vivir con dignidad. Sin embargo, existe otro tema que se ha visto relegado y que tiene mayor trascendencia que la economía: el derecho a la vida. No podemos hablar de la Dignidad de la Persona si ésta no tiene siquiera el derecho a vivir. No podemos hablar de Dignidad de la Persona cuando más de 50 millones de americanos no-nacidos han muerto desde Roe vs. Wade. No podemos hablar de Bien Común cuando se piensa aprobar la Freedom of Choice Act, en la cual se quitan todas las barreras legales que penalizan el aborto, permitiendo incluso el aborto por nacimiento parcial. Obama ha declarado públicamente que su primer acto como presidente sería aprobar esta ley. No olvidemos que las personas deben importar más que el dinero. La economía se puede arreglar, un niño muerto no.

El respeto a la Dignidad de la Persona también se ve pisoteado en las tantas guerras que está librando Estados Unidos en el extranjero. El caso de Irak es el más contundente por su injusticia. A pesar de ello, sería imprudente y más dañino que Estados Unidos se retirara sin un plan bien pensado. Este plan debe considerar antes que nada el bien y la seguridad de la gente de Irak. Los norteamericanos deben actuar con responsabilidad cuando llegue el momento de su retirada y deben asegurarse de que los iraquíes puedan, por sus propios medios, mantener la estabilidad de su propio país. Toda guerra atenta contra la Dignidad de la Persona Humana y en su entendimiento de esto, los republicanos están muy mal.

Por otro lado, esta opción nueva que propongo debe proclamar el principio de la subsidiariedad. Esto quiere decir que el Estado debe respetar la independencia y el actuar (mientras sea legal) de los cuerpos sociales intermedios e intervenir y apoyarlos cuando no puedan o quieran cumplir con su función social. En el caso de E.U., el health care, o seguridad social representa un excelente ejemplo. El acceso a la atención médica es un derecho de todo ser humano. En miras del Bien Común y del respeto a la Dignidad de la Persona, se debe proveer de este servicio a todos. Si hay gente que no puede pagarse un seguro médico, el Estado debe asegurarse de que reciban la atención médica adecuada si se enferman.

Lo mismo podemos decir de la economía. El Estado debe regular y supervisar los mercados. El libre mercado debe estar al servicio del hombre, no el hombre al servicio del libre mercado. E libre mercado es sólo un medio para producir más eficientemente, no un fin en sí mismo. Esto no significa que el Estado deba controlar o intervenir en todos los ámbitos de la economía y poseer los medios de producción. Eso atentaría contra el mismo principio de subsidiariedad. El Estado debe, en general, actuar como árbitro y supervisar que se respeten las reglas del juego. También debe velar para evitar abusos de parte de los ricos y poderosos en contra de los más desprotegidos. Un punto que muchas veces se pasa por alto es que la subsidiariedad exige que el Estado se retire cuando la sociedad civil o la iniciativa privada puedan reasumir su deber.

El último principio que debe regir a esta opción alternativa es la solidaridad. En cuanto a la sociedad civil norteamericana no hay mucho problema. Los americanos por naturaleza son solidarios. Basta con ver que Estados Unidos es el país que mayor ayuda humanitaria entrega a otros países. Basta con vivir ahí para percibir el clima de solidaridad que los ciudadanos tienen entre sí y para con sus comunidades. Ahora bien, en el caso del Estado, la solidaridad también debe existir. Éste debe incentivar a las empresas a que actúen con responsabilidad social. La función solidaria del Estado consiste en lograr que se provea a todos de lo necesario para vivir de forma digna. Esta es la meta de la Economía Social de Mercado. Se trata de una economía de mercado con un enfoque social.

Para vivir plenamente la solidaridad, tanto el Estado como la Sociedad deben ayudar (conforme al principio de la subsidiariedad) a los más necesitados y desprotegidos, es decir, deben tener una opción preferencial por los pobres. Esta opción preferencial no sólo debe existir hacia el interior del Estado, sino también hacia los países subdesarrollados (incluyendo a mi querido México). Tanto Estados Unidos como los países europeos tienen la responsabilidad de actuar solidariamente con los países pobres. Muchos de estos países fueron fundamentales para que Europa y Estados Unidos llegaran a ser lo que hoy son. Durante años les proveyeron de materias primas, de nuevos mercados, de mano de obra barata, etc. Por eso es cuestión de elemental justicia que ahora reciban algo en retorno. Sólo trabajando en conjunto se podrá acabar con la pobreza en estos países y sólo acabando con la pobreza se podrá terminar la inmigración ilegal que tanto les preocupa. Necesitamos que Estados Unidos tenga un estadista de la altura de Konrad Adenauer, Robert Schuman o Alcide de Gasperi quienes, dejando a un lado sus diferencias y nacionalismos, sentaron las bases de la Unión Europea.

El día en que Estados Unidos opte por esta alternativa “nueva”, realmente vivirán un cambio profundo que repercutirá en el mundo entero. En Estados Unidos no existe esta alternativa actualmente, pero las condiciones para que surja ya están presentes. La tercera parte de la población norteamericana es católica y los principios que acabo de enumerar son los de la Doctrina Social de la Iglesia. Este sector tan importante de la población norteamericana tiene mucha influencia en la sociedad americana, incluyendo en la política. Es hora de que el Humanismo Político que surgió de estos principios eche raíces en Estados Unidos. Esta alternativa no es realmente nueva ya que en todo el mundo existen partidos políticos inspirados en este humanismo y son los que han traído los cambios más significativos a nuestras sociedades modernas. Este humanismo es la esencia de la Democracia Cristiana. Sería extraordinario que un partido demócrata cristiano naciera en Estados Unidos. Todos lo agradeceríamos.