lunes, 15 de junio de 2009

No todos los políticos son nefastos

El hombre no puede separarse de Dios, ni la política de la moralidad.
Juan Pablo II

Aunque muchas veces creamos lo contrario (y muchos parezcan demostrarlo), no todos los políticos son nefastos. O, por lo menos, no todos los políticos que han existido han sido nefastos. A lo largo de la historia ha habido ejemplos de políticos realmente preocupados por el Bien Común, políticos que han entregado su vida (algunos literalmente) al servicio de los demás y éstos son los que han cambiado al mundo, aunque luego el mundo los olvide.

En todas las escuelas de ciencia política se estudia a Maquiavelo y a otros “grandes” personajes de la política y, sin embargo, nunca se estudia a los humanistas demócrata-cristianos, a pesar de que fueron estos políticos los que reconstruyeron Europa después de la Segunda Guerra Mundial. No sólo eso, sino que fueron políticos que ejercieron su labor pública de forma ejemplar, con una profunda preocupación por los más necesitados y, además, con gran éxito.

El desconocimiento que tenemos de estos hombres quizá se deba a que, a diferencia de otros, nunca tuvieron aspiraciones de grandeza ni buscaban su propia exaltación. Nunca se mandaron construir arcos triunfales ni tenían sus propios programas de televisión o radio para que el pueblo estuviera constantemente escuchando lo bueno que eran sus dirigentes. Simple y sencillamente hicieron bien su trabajo.

El secreto de estos extraordinarios políticos radica en que siempre supieron darle su lugar a las cosas. Es decir, tenían muy clara su jerarquía de valores y actuaban en congruencia con ella. Así, por ejemplo, supieron poner al Estado al servicio de las personas, sin caer en paternalismos; supieron poner el anhelo de paz por encima del orgullo nacionalista y, más importante aún, supieron poner el interés nacional por encima de su interés personal. De esa forma, personajes como Adenauer, Schuman o De Gasperi, vivieron de forma austera a pesar de ser los hombres más importantes y poderosos de sus respectivos países. No se enriquecieron a costa del erario público.

Su estilo de vida nos sorprende, sobre todo cuando lo comparamos con el que llevan nuestros políticos. Una reflexión profunda acerca de sus vidas nos lleva a la inevitable conclusión de que sólo pudieron resistir las tentaciones del dinero y del poder, por su profundo amor a la pobreza y a la humildad. Concluimos que sólo puede ser un buen gobernante aquél que ve en la política una forma de servicio a los demás, es decir, una forma de entrega, de sacrificio y de renuncia. Sólo puede ser buen gobernante aquél que deja sus propios afanes de gloria y de riqueza a un lado y abraza la humildad y la sencillez.

Mucho más se podría decir de estos grandes hombres, y espero poder hablar de ellos a su tiempo. Por ahora, les dejo una biografía de otro de estos políticos humanistas: Giorgio La Pira. Aunque la edición no es la mejor que se podría tener y los subtítulos dejan mucho que desear, el video nos da una muestra del tipo de hombre que gobernó Florencia en los años 50, que es, sin duda, el tipo de hombre que quisiéramos que nos gobernara en México. Sin embargo, a mí me inquieta la siguiente interrogante: ¿merecemos un político de su talla?




viernes, 29 de mayo de 2009

La Verdad sobre Miguel Ángel

Aunque no soy conocedor del arte, desde siempre he sido un gran admirador de Miguel Ángel Buonarroti. Para mí, sus obras, tanto pictóricas, como escultóricas, representan lo más grandioso del arte universal. Haber visto algunas de esas obras en vivo fue una experiencia como pocas. Por ello encuentro muy molesto que en nuestros días, haya ciertos “estudiosos” que quieren ver en sus obras y en su vida cosas que no vienen ni al caso. Pretenden tomarlo como bandera de movimientos contemporáneos, tal como sucede con el movimiento homosexual que quiere adueñarse de este extraordinario artista.

Por esa razón, encontré el siguiente artículo de lo más interesante. Lo escribió Elizabeth Lev, profesora de arte cristiano de la Universidad de Duquesne, en su campus italiano. La traducción es mía, por lo que pido disculpas por cualquier error y por ello les dejo la liga para que puedan consultar el artículo original: http://www.zenit.org/article-26017?l=english

Claramente católico

Quizá hayas escuchado hablar de la llamada Prueba del Pato, ideada por el poeta J. Whitcomb Riley. Va así: si parece un pato, nada como un pato y grazna como un pato, entonces, muy probablemente sea un pato. Este sentido común, sin embargo, parece haberse perdido entre muchos de los modernos intérpretes de Miguel Ángel. De acuerdo con la más reciente “erudición”, las palabras, las obras y la piedad católicas de Miguel Ángel eran, en realidad, un camuflaje para una agenda protestante, cabalística y/o homosexual.

Claro que ninguna de estas teorías conspiratorias se sustenta en documentación verificable sombre las prácticas personales o devocionales de Miguel Ángel, sino que son extraídas de imaginaciones hiperactivas. Muchos de estos libros y artículos simplemente observan una pintura, escogen una teoría y hacen que los hechos encajen, descartando los demás. Esto se ha vuelto equivalente a un curso en historia del arte, pero, lo que realmente me molestó fue, de entre todas las cosas, el abstract de una disertación académica que defendía estas viejas teorías tipo Dan Brown.

El objeto de este tratado “académico” es “El Juicio Final” de Miguel Ángel, pintado en el altar de la Capilla Sixtina de 1534 a 1541 y discernida por el autor del artículo como una obra secretamente protestante. Para respaldar esta noción, el investigador toma elementos de diversos estudios gnósticos y de estudios de género, pero veamos tres elementos que indican que este fresco es precisamente lo que aparenta ser: una pintura católica extraordinaria.

1. El artista y su espacio

Aquellos que intentan ver a Miguel Ángel como adherente de alguna religión disidente subterránea, olvidan sus prácticas espirituales. Mientras que Miguel Ángel sólo puede ser tenuemente vinculado a cualquier tipo de secta protestante, es sabido que perteneció a la Tercera Orden Franciscana.

Durante los años en que pintaba el Juicio Final participó en la visita de las Siete Iglesias con el fin de obtener una indulgencia. La mejor evidencia de la devoción de Miguel Ángel hacia la Iglesia Católica fue su aceptación de completar la Basílica de San Pedro para, en sus propias palabras, “la gloria de Dios, el honor de San Pedro y la salvación de su propia alma”.

La Capilla Sixtina era el espacio en el que el Papa Pablo III, ocupado con la organización del Concilio de Trento, oraba con su corte, formada por los más brillantes teólogos de Europa. Estos teólogos y filósofos formaban la primera línea de respuesta a Lutero y, además, eran conocedores del arte. Pintar una obra subversiva en la capilla hubiera sido como pedir una cita con la Inquisición.

2. María, los Santos y la intercesión

La pintura de Miguel Ángel contiene 391 figuras, de las cuales, alrededor de la tercera parte están actuando como intercesores. Las enormes figuras de los santos, particularmente los mártires, rodean a Cristo en el cielo. El énfasis de Miguel Ángel en identificar a los mártires nos recuerda que la Iglesia Romana considera a éstos como parte de su tradición. En este periodo, los antiguos sitios de muerte y de entierro de los mártires fueron restaurados y decorados.

Miguel Ángel también pintó a hombres y mujeres no identificados que ayudan a los recién resucitados en su ascenso a los cielos. La idea de que gente en el cielo asista a otros es una noción esencialmente católica.

Sin embargo, María es la imagen fundamental de la obra. El Jesús de Miguel Ángel parece terriblemente distante, con su mano alzada y la cabeza volteada. En cambio, María, acurrucada al lado de Cristo, voltea hacia abajo, hacia las almas resucitadas. María está pintada junta a la herida del costado de Cristo. Esa herida, de la cual salió sangre y agua, dio origen a la Iglesia. María, como Eva saliendo de la costilla de Adán, representa a la Iglesia nacida del sacrificio de Cristo. A su vez, María (la Iglesia, la esposa de Cristo) es el camino hacia Jesús y su salvación. Como para resaltar la importancia de la devoción mariana, Miguel Ángel pintó, unos metros por debajo de María, a una pareja que es arrastrada hacia el cielo por su rosario.

3. Virtud heroica y cooperación

Miguel Ángel rompió con una antiquísima tradición de pintar a los santos en el cielo con largos vestidos color pastel y con grandes aureolas doradas al representar a sus mártires con enormes cuerpos desnudos. Tomado de la tradición clásica griega, el uso de la desnudez denota a un héroe, uno dotado de gran valentía y nobleza, celebrado por sus grandes hazañas y favorecido por los dioses. Para Miguel Ángel, inmerso en la cultura antigua, ¿qué mejor realización del héroe griego podía haber que el santo cristiano?

Los poderosos cuerpos pintados por Miguel Ángel transmiten la idea de grandes hazañas y sacrificios hechos por Cristo, por ello, estos santos son recompensados con cuerpos gloriosos después de la resurrección. Los hombres y mujeres que cooperan con la Gracia divina y viven vidas de “virtud heroica”, son los que merecen estos cuerpos gloriosos en el más allá. El tamaño, la grandeza y la desnudez de estas figuras sólo pueden representar una participación activa en el sacrificio redentor de Cristo.

Pintado en un espacio católico, por un artista católico, para una audiencia católica, “El Juicio Final” es por mucho, una pintura católica.



Lo que hace que estas interpretaciones espurias sean todavía más molestas es que, mientras Miguel Ángel pintaba su obra, en el norte de Europa estallaban rebeliones protestantes iconoclastas. En 1520, se habían destruido obras de arte en diversas ciudades de Alemania. El fervor iconoclasta no habría encontrado uso alguno para el arte de Miguel Ángel, pero hoy en día, algunos protestantes quieren reclamar a Miguel Ángel como propio.

Más aún, la prohibición de la fabricación de imágenes que representa el Primer Mandamiento evitó el surgimiento del arte figurativo judío durante el Renacimiento. ¿Por qué habría Miguel Ángel de gravitar hacia una religión cabalística que negara su misma razón de ser?

Enfrentémoslo: los católicos, con sus dos mil años de fascinación con el Verbo hecho carne, refinado con su defensa enérgica de las imágenes requerida por la Reforma, han hecho del arte una parte de su tradición espiritual. Pero aún más sorprendente que su atractivo estético, está su universalidad. Cualquiera puede verse reflejado en el arte de la Iglesia Católica. Así que al final del día, o, mejor dicho, al final de los días, estas falsas interpretaciones no son más que agua en la espalda de un pato.

martes, 26 de mayo de 2009

Un auténtico bailout

“Administrar no es solamente una cuestión de ingresos y salidas. Es a los HOMBRES a quienes se debe considerar ante todo y al establecimiento de una solidaridad auténtica.”
Giorgio La Pira

Estos días de incertidumbre económica, en que incluso las grandes automotrices norteamericanas (el orgullo de la industria manufacturera estadounidense) están al borde de la quiebra, son una muestra más de que el sistema económico predominante está mal de raíz. La discusión en torno al posible rescate de estas compañías por parte del gobierno ha estado repleta de una retórica a favor de los trabajadores y, sin embargo, a los que menos se les ha visto en las negociaciones ha sido a los trabajadores.

Los congresistas norteamericanos se han reunido con los grandes directivos tanto de General Motors como de Chrysler, éstos han dialogado y negociado con los grandes inversionistas y accionistas de las empresas y los trabajadores, que son los más desprotegidos, se quedan sin un verdadero poder de decisión. La única protección que les ha obtenido el sindicato es un porcentaje de las acciones para garantizar la atención médica de sus futuros pensionados. Los acreedores han recibido una oferta de intercambio de deuda por acciones pero al parecer éstos la van a rechazar (porque claramente les importa más su dinero que el trabajo de tantas personas), con lo que la compañía se tendrá que ir a la bancarrota. Las soluciones que se han propuesta hasta el momento son las mismas que se han usado en otros casos y las mismas que han terminado en fracaso. Recordemos que estas mismas compañías automotrices tuvieron que ser rescatadas hace unos años. La aparente reestructuración de las empresas, condición necesaria para recibir dinero de los impuestos, sólo representa un cambio en los altos mandos, no en el funcionamiento mismo de las mismas.

¿Por qué no buscar una solución distinta que beneficie realmente a los más necesitados: los trabajadores? Al final del día, son éstos los que salen más afectados por la bancarrota de una empresa ya que ellos sí viven de su trabajo, a diferencia de los accionistas y los directivos. Pensando en esto, recordé un par de casos de rescates gubernamentales que realmente beneficiaron a los trabajadores y que realmente salvaron a las empresas y que son ejemplos perfectos de cómo debe ser la intervención estatal.

Estos casos ocurrieron en la década de los cincuenta, durante la reconstrucción europea, en un país que sufrió en carne propia la destrucción de la guerra: Italia. En aquellos años, el alcalde de Florencia, Giorgio La Pira, demostró que la economía sí puede estar al servicio del hombre y que en tiempos de crisis, la solidaridad es el mejor camino. “La Pignone” era un complejo industrial compuesto por dos fábricas, que, debido a un descenso en la demanda iban a ser clausuradas por sus dueños. Para evitar problemas con los trabajadores, los dueños prefirieron abandonarla dejando a los alrededor de 2 mil obreros desamparados. En ese momento, intervino el gobierno de La Pira y, con el respaldo del gobierno nacional de De Gasperi y de múltiples organizaciones sociales y religiosas, logró financiar una auténtica reestructuración de la empresa que pasó a estar en manos de los trabajadores. El préstamo gubernamental sirvió para reactivar la producción de la empresa, ahora llamada “Nuova Pignone”. Este rescate fue tan efectivo, que la nueva fábrica pronto produjo más que la anterior y creció de tal forma que después fue adquirida por General Electric.

Otro caso similar ocurrió con la empresa Delle Cure que cerró sus puertas dejando a sus trabajadores desprotegidos ya que estaba atrasada en su pago del seguro social y no les pagó el último mes de trabajo. La Pira organizó no sólo a los trabajadores, sino a la sociedad en general y, por medio de colectas y préstamos gubernamentales, reorganizó a la empresa en una cooperativa que, al igual que La Pignone, pronto empezó a producir más de lo que producía antes con lo que los trabajadores pudieron pagar su deuda con el gobierno.

No entiendo por qué los gobiernos actuales no pueden implementar medidas como las que usó La Pira. Obama ha hablado mucho de cambio pero sus políticas son iguales que las de sus antecesores. No hay nada nuevo en la propuesta de rescate que presentó su gobierno. En cambio, una alternativa como la de La Pira ya ha demostrado ser efectiva y beneficiaría a quienes más lo necesitan. Quizá nuestras sociedades estén demasiado casadas con el capitalismo para poder pensar de otra manera, y quizá sea esa la razón de nuestra actual crisis. Los dogmas del libre mercado y de la iniciativa individual nos impiden idear nuevas formas de organización más justas y más benéficas para la sociedad en su conjunto. Bien decía Giorgio La Pira:

“Las raíces últimas de esta crisis, son raíces de pensamiento... Las crisis, antes que económicas y políticas, tienen raíces de ideas...”

jueves, 21 de mayo de 2009

Humanismo: un estilo de vida

En su blog, El Muro de los Siglos, mi buen amigo Mario Fernández toca un punto fundamental, pero que pocas veces recordamos, acerca del humanismo: que éste es un estilo de vida. No es sólo una ideología que esgrimamos para poder acceder al poder (aunque muchos lo hagan) ya que trasciende la política. No se trata únicamente de una serie de principios que buscamos llevar a la vida pública, sino que son una serie de principios que deben regir nuestras vidas en todos sus facetas.

En el centro mismo del Humanismo Trascendente está el respeto irrestricto a la dignidad de la Persona Humana (de ahí el nombre de humanismo). Esto implica que todo ser humano, sin importar su condición social, económica, su sexo o su religión, debe ser, siguiendo la máxima kantiana, un fin en sí mismo y nunca un medio. Como consecuencia lógica, se sigue que un humanista no debe pisotear la dignidad de otro ser humano en ninguna actividad de su vida, tanto pública como privada. Muchas veces creemos que para respetar la dignidad humana basta con no hacer el mal a los demás, o no hacer algo que los lastime o no hacer nada que ellos no permitan. Sin embargo, la dignidad humana exige mucho más que eso. Exige que busquemos el bien del otro. No basta con una actitud pasiva de no hacer el mal, sino que demanda una actitud activa de hacer el bien.

En esa confusión está, a mi parecer, la causa de que tantos “humanistas” caigan en acciones opuestas al humanismo. Un caso muy común con el que me he topado es el de la asistencia de personas identificadas con el humanismo a los famosos table dance. Este es un ejemplo perfecto para describir la diferencia entre el humanismo light de “no hacer el mal” y el humanismo auténtico de buscar el bien del otro.

Si partimos del supuesto de que para respetar la dignidad humana basta con no hacer daño o no hacer nada que no quiera la otra persona, entonces, efectivamente, acudir a estos lugares no sería, al menos en teoría, contrario al humanismo. Por lo general se argumenta que las mujeres que trabajan ahí lo hacen porque quieren y que, al final del día, no se les puede hacer nada que ellas no quieran. Sin embargo, como aclaré más arriba, esto no es suficiente para respetar la dignidad humana.

En primer lugar, estos lugares denigran al ser humano, particularmente a las mujeres que ahí “trabajan”, porque éstas son usadas como medios para satisfacer una necesidad. Es decir, los hombres que van ahí no ven en las bailarinas un fin en sí mismo, sino un medio para desahogar sus impulsos sexuales. Por tanto, están usando y, en consecuencia, denigrando a estas mujeres, lo cual atenta claramente contra el humanismo.

Además, es sabido que en estos lugares “laboran”, la mayor parte de las veces, mujeres que llegaron ahí a través de redes de trata de personas y que son explotadas por sus patrones para obtener dinero. En pocas palabras, se les usa para obtener tanto placer como dinero, lo cual, repito, va contra los principios humanistas. Esto sin mencionar que muchas veces llegan privadas de su libertad, en condiciones inhumanas y sin la posibilidad de regresar a sus hogares, lo cual no sólo va contra el humanismo sino contra cualquier sentido de humanidad.

Ahora bien, no sólo las mujeres son las denigradas en estos lugares, sino los mismos hombres que asisten a ellos. Los dueños de estos establecimientos están denigrando a sus clientes al fomentar que se dejen llevar por sus más bajos impulsos. Los están usando para ganar dinero.

Este es sólo un ejemplo de cómo el humanismo es mucho más demandante de lo que muchos creen. En términos iguales podemos hablar de la economía, de las relaciones personales, de la política, etc. y demostrar que, en todas ellas, el humanismo exige lo más noble y más elevado de los seres humanos para con sus semejantes.

Es terrible ver cómo el humanismo es malinterpretado por muchos porque entonces se convierte en un sinsentido que, por lo mismo de parecer un absurdo, deja de ser atractivo para tantas personas. Es terrible porque el único camino para que el ser humano se desarrolle plenamente, se convierte entonces en un camino que no lleva a nada y que, por tanto, no vale la pena recorrer.

martes, 5 de mayo de 2009

Lecciones epidemiológicas

La pandemia de influenza que asola al mundo entero parece una extraña maestra de economía y, sin embargo, la observación de la actitud de la gente ante este fenómeno basta para cuestionarnos sobre los fundamentos mismos del capitalismo. Los teóricos de este sistema económico sostienen que el egoísmo es el principal generador de riqueza, es decir, que cuando un individuo busca su bien personal, genera riquezas que se derraman sobre el resto de la población, distribuyéndose así entre todos los individuos (la famosa “mano invisible”).

No tengo los conocimientos económicos necesarios para plantear una demostración cuantitativa que ponga en duda al capitalismo, ni pretendo negar que el egoísmo sea un motor bastante poderoso para generar riquezas. Lo que busco es cuestionar si ese motor es el más eficiente para ello o si sea el más conveniente. Para ello, haré uso de un recurso al que los ingenieros (y Tomás de Aquino) recurrimos con mucha frecuencia: la analogía.

En mi analogía, veremos si el principio del egoísmo (que es el que rige en la sociedad actual) ha servido para disminuir el impacto de la epidemia de influenza, si no ha afectado o si la ha empeorado. Yo sostengo que, afortunadamente, y dada las características del virus de la influenza porcina, no ha afectado demasiado. Sin embargo, creo que en el caso de un virus más contagioso podría haber empeorado la situación.

Cuando estalla una epidemia, lo que se debe buscar es contener, en la medida de lo posible, al virus dentro de una región para evitar que se convierta en un problema mayor. Las indicaciones del presidente Calderón de que la gente se quedara en casa iban en este sentido. Lo que sucedió fue que muchas personas, por miedo a contagiarse y, pensando en sí mismas primero, decidieron huir de la ciudad. El peligro radica en que con una persona que estuviera incubando el virus (y, por tanto, no supiera que lo portaba) y lo llevara a otra ciudad, se hubiera iniciado otro brote, haciendo más difícil el control de la epidemia. Así, el egoísmo, en vez de mejorar el problema, lo habría empeorado.

Otro ejemplo se dio con las compras de pánico en que incurrieron miles de capitalinos durante esta crisis. A pesar de los anuncios del gobierno de que no se iban a cerrar los supermercados, miles de personas se creyeron más inteligentes que las demás y, pensando en sí antes que en el bien del conjunto, decidieron ir a comprar todos los víveres que pudieran. Al final del día, estas personas no resultaron ser más inteligentes que las demás (de hecho, fueron bastante tontas) ya que lo mismo pensaron muchos otros y terminaron saturando los supermercados. Contrario a lo que pedía el gobierno de evitar tumultos y lugares con muchas personas, estos individuos terminaron creando aglomeraciones humanas en los supermercados. Lo mismo ocurrió en los hospitales donde miles de personas se congregaron para que los atendieran a pesar de no tener los síntomas. ¿Qué habría sucedido con un virus mucho más contagioso? Muchas de estas personas se habrían contagiado por buscar su propio provecho, empeorando la epidemia.

Creo que estos dos ejemplos son una muestra suficiente para demostrar que el egoísmo, en lugar de ayudar pudo haber provocado mayores males de los que se padecieron. La conclusión a la que llego es la misma a la que llegué en otra ocasión: si esto no funciona con una epidemia, ¿por qué habría de funcionar con la economía?

miércoles, 29 de abril de 2009

Un cuento para estos días de epidemia...

Durante estos días de epidemia, recordé un cuento que leí hace unos años y que me gustaría compartir con ustedes. Lo comparto porque lo considero una invitación a la reflexión, algo que tanta falta hace en nuestra sociedad actual, y más ante una situación como la que estamos viviendo.
La máscara de la muerte roja.
Por Edgar Allan Poe
La "Muerte Roja" había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.

Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.

Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.

Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre.

A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.

Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.

Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.

Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.

Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesacion angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.

Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.

-¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!

Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.

Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.

Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caida. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

lunes, 27 de abril de 2009

Reflexiones ecologistas

Uno de los temas más de moda en nuestros días es el del calentamiento global. Unos afirman que es consecuencia de las acciones del hombre y otros que es parte de un ciclo natural de la Tierra. La discusión generalmente se centra en torno a este punto, lo cual me parece una completa pérdida de tiempo. Ni unos ni otros tienen suficientes elementos para probar su punto de vista (aunque afirmen lo contrario) y, honestamente, me parece que el origen del calentamiento global no es en lo que deberíamos de enfocarnos. El verdadero problema radica en que los seres humanos hemos destruido (y seguimos destruyendo) la naturaleza.

Existen muchos esfuerzos, algunos a nivel mundial, para reducir la contaminación y para concientizar a la población de la importancia de respetar y cuidar la naturaleza. Muchos de estos esfuerzos, aunque importantes y efectivos hasta cierto punto, no son, a mi parecer, suficientes para resolver el problema de raíz. Es decir, la solución no consiste en que todos reciclemos o en que todos apaguemos la luz al salir de un cuarto, la solución real se encuentra en que cambiemos nuestros patrones de consumo.

La verdadera causa de la contaminación y de la destrucción ambiental se encuentra en la avaricia desmedida de los seres humanos, que se materializa en nuestro sistema económico de consumo. Buscamos tener cada día más y mejores cosas y, además, a menores costos. Por tanto, cada día hacemos mayor uso de los recursos naturales e inventamos materiales más baratos pero menos biodegradables. Por lo mismo, cada día generamos más y más basura que tiene que terminar en algún lugar. Ya sea en tiraderos al aire libre (como los que tenemos en México), ya sea enterrada o ya sea enviada a países del Tercer Mundo, la basura se sigue acumulando y nuestros esfuerzos por erradicarla son en vano.

Algunos países han, en apariencia, resuelto el problema de la basura. Sin embargo, la realidad es que muchas veces, ésta es exportada a países pobres para ser “tratada” ahí. La gran mayoría de la basura “electrónica” (restos de aparatos electrónicos y baterías, que contienen un alto porcentaje de sustancias tóxicas) se vierte en China y otros países asiáticos donde, como siempre, son los más pobres los que tienen que sufrir las consecuencias.

Otro aspecto en el que podemos ver cómo ésta ambición desmedida ha afectado a la naturaleza es el de los famosos coches eléctricos. Este tipo de automóviles no se han generalizado porque lo que buscamos en un coche es que sea potente y que vaya cada vez más rápido. En vez de pensar que los coches eléctricos serían buenos para la ecología y que el sacrificio en velocidad vale la pena, seguimos comprando carros grandes que consumen cantidades enormes de gasolina pero que nos hacen sentir más importantes y más poderosos. Igual los teléfonos celulares, que cambiamos continuamente para estar a la moda, aún cuando eso represente que millones de pilas (que son de lo más contaminante que hay) terminen tiradas en algún lugar.

Entonces, ¿qué podemos hacer? Creo que proponer un cambio en el sistema económico es pedir demasiado en este momento histórico. Eso deberá tomar muchos años (quizá siglos) lograr. Podemos empezar por disminuir la cantidad de cosas que consumimos. Una mirada rápida a lo que compramos nos demostrará que muchas cosas no son necesarias para nuestra supervivencia y que las consumimos más por moda o por capricho que por necesidad. También creo que sería bueno que recuperáramos ese aprecio por la naturaleza que la comodidad de la vida moderna nos ha hecho perder. Apreciar la belleza de un árbol o de un prado, de un cielo azul o del mar. Cualquier sacrificio que sirva para preservar las bellezas naturales vale la pena y, a la larga, terminará siendo benéfico para nosotros.